El Lincoln Continental Mark VII llegó a ofrecer un motor turbodiésel BMW de seis cilindros en línea, una combinación absolutamente inusual para una marca estadounidense acostumbrada a sus grandes V8 de gasolina. Entre 1984 y 1985, el coupé de lujo podía equipar un propulsor BMW de 2,4 litros asociado a una caja automática ZF de cuatro velocidades, aunque sus 115 CV no resultaban especialmente brillantes para un coche de este tamaño. La aventura fue un fracaso comercial y apenas se fabricaron unas 1.500 unidades, convirtiéndolo hoy en una auténtica rareza.
El Jeep Cherokee de primera generación también tuvo una versión que muchos aficionados desconocen, especialmente en Europa. La influencia de Renault sobre AMC permitió incorporar un turbodiésel de 2,1 litros, equipado con la tecnología de inyección Renix desarrollada por la firma francesa. Su objetivo no era ofrecer prestaciones, sino reducir el consumo, con cifras de hasta 29 mpg asociado a un cambio manual de cinco velocidades; sin embargo, su escasa potencia y sus reducidas ventas hacen que hoy sea extremadamente difícil encontrar uno.
El Mercedes-Benz W201 es recordado sobre todo por los deportivos 190E 2.3-16 y 2.5-16 Evo II, pero la gama también escondía una versión mucho más tranquila. El Mercedes-Benz 190D apostaba por la eficiencia y la fiabilidad, primero con un diésel atmosférico de 2,2 litros y después con un turbodiésel de 2,5 litros. La marca llegó a promocionarlo como un “diésel silencioso” gracias a su aislamiento acústico, aunque sus apenas 72 CV dejaban claro que las carreras no estaban entre sus prioridades.
El diésel tampoco fue completamente ajeno a los grandes modelos de Chrysler, aunque su presencia fue muy limitada. Durante los años cincuenta, algunos modelos como el Plymouth Belvedere, el Savoy y el Valiant pudieron recibir motores diésel Perkins de cuatro cilindros, especialmente destinados a mercados europeos. Los taxistas apreciaban el enorme espacio interior de los coches estadounidenses, pero el elevado precio del combustible en Europa hacía que un motor diésel lento, sencillo y eficiente tuviera mucho sentido.
La Volkswagen Vanagon, conocida como Transporter en otros mercados, fue la sucesora del legendario Type 2 y también ofreció una versión diésel en Estados Unidos. Su motor de 1,6 litros apenas desarrollaba 48 CV, una cifra especialmente modesta para una furgoneta de este tamaño. La variante solo estuvo disponible en Estados Unidos durante los años 1983 y 1984, y combinaba una mecánica extremadamente lenta con una configuración que ni siquiera ofrecía dirección asistida o aire acondicionado.
El Ford Tempo fue uno de los modelos más anodinos de la industria estadounidense de los años ochenta, pero escondía una opción mecánica muy peculiar. Gracias a los vínculos entre Ford y Mazda, pudo equipar un motor diésel japonés de 53 CV, conocido por su robustez y fiabilidad. Estuvo disponible entre 1984 y 1986, aunque su escasa potencia —especialmente con cambio automático— hizo que fuera una alternativa poco atractiva para los compradores estadounidenses.
La Dodge Caravan revolucionó el mercado estadounidense al popularizar el concepto del monovolumen moderno, pero su versión europea escondía una configuración que jamás habría sido habitual al otro lado del Atlántico. El modelo podía equipar un turbodiésel de 2,5 litros fabricado por VM Motori, acompañado además de una caja de cambios manual de cinco velocidades. Mientras que en Estados Unidos la idea de un monovolumen diésel con cambio manual era prácticamente impensable, en Europa esta combinación tenía mucho más sentido y hoy convierte a cualquier unidad importada en una auténtica rareza.