No empujaba límites: los pulverizaba con la sutileza de un reactor al ralentí. Este icono de bronce podía funcionar con gasolina, diésel, perfume, tequila y prácticamente cualquier líquido combustible. Su turbina sonaba como un avión despegando, algo que fascinaba o aterraba según la relación del pasajero con la aviación. Chrysler llegó a entregar 50 unidades a familias reales para pruebas cotidianas. Sin vibraciones, arranque perfecto en frío y un interior que parecía sacado de un programa espacial. Hoy vale más que muchas casas, demostrando que las ideas más imprácticas suelen convertirse en las más valiosas.
Parecía teletransportado desde una película de ciencia ficción de los años 70. Diseñado por Pininfarina, era una cuña blanca con techo deslizante y un perfil tan bajo que parecía flotar. Las ruedas quedaban ocultas, como si el coche estuviera a punto de despegar. Bajo esa piel futurista latía un V12, aunque pocos miraban más allá de su forma imposible. Un coleccionista logró devolver uno a la vida, y hoy sigue deteniendo el tráfico en cualquier evento clásico. Es la prueba de que Ferrari pudo haber sido mucho más radical.
Era lo que ocurría cuando un piloto de caza diseñaba un coche sin pensar en calles ni garajes. Monoplaza, con cúpula tipo burbuja y turbina de gas, parecía un misil cromado con matrícula. Algunas versiones posteriores incluso usaron mandos tipo joystick. Requería escalera para entrar y actitud para conducirlo. Representó la audacia absoluta de Detroit y demostró que, con presupuesto y libertad, Estados Unidos podía ser más extravagante que Europa.
El abuelo de todos los concept cars. Diseñado por Harley Earl en 1938, introdujo faros ocultos, elevalunas eléctricos y una estética adelantada décadas a su tiempo. Earl lo usaba como coche diario, circulando por Detroit como si viniera del futuro. Sus líneas influyeron en Buick durante generaciones. El Y-Job demostró que una sola idea brillante puede definir una marca entera y que el diseño, cuando se libera, marca el rumbo de toda una industria.
Tan bajo que entrar exigía levantar el parabrisas como en un caza. Medía apenas un metro de altura y convertía cualquier deportivo convencional en algo tímido. Su interior parecía un laboratorio espacial, y su forma, una flecha naranja dispuesta a cortar el aire. Generaba multitudes en cada exhibición. Inspiró al Stratos de rally y a generaciones de diseñadores que creen que un coche debe provocar antes que agradar.
Llegó en los 90 como un superhéroe digital. Geometrías imposibles, puertas en tijera y un V12 quad-turbo de más de 700 CV. Usaba materiales derivados de la NASA para soportar el calor del escape. Ford hablaba de más de 235 mph de velocidad punta. Era la respuesta americana a los superdeportivos europeos y demostraba que Detroit podía crear algo verdaderamente exótico cuando se lo proponía.
Un palacio rodante con motor V16 de 1.000 CV. Largo, majestuoso, con un interior digno de una suite presidencial. Cadillac lo presentó como una celebración del lujo estadounidense, sin complejos. Su presencia era tan imponente como serena. En una era de coches diseñados por comité, el Sixteen recordaba que el lujo auténtico también es exceso, carácter y orgullo.
Reescribió lo que entendemos por carrocería. En lugar de metal, utilizó una piel textil elástica sobre una estructura móvil. El coche cambiaba de forma: los faros emergían de pliegues, el capó se abría como alas. Parecía un ser vivo. Más que un automóvil, era una reflexión sobre el futuro del diseño. Demostraba que incluso las ideas más imprácticas pueden abrir caminos inesperados.
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