Tras la Segunda Guerra Mundial, Shelby intentó ganarse la vida criando pollos en Texas. El negocio fracasó en 1952 y lo dejó prácticamente en la ruina. Ese golpe fue el detonante que lo empujó definitivamente hacia el automovilismo, demostrando que su carrera nació del fracaso, no del privilegio.
En los años 50 corría con petos de trabajo a rayas, una herencia directa de su etapa como granjero. No era una pose: era comodidad y practicidad. En pruebas durísimas como la Carrera Panamericana, Shelby priorizaba correr rápido antes que parecer un piloto profesional.
Shelby fue una pieza fundamental en la victoria de Ford sobre Ferrari en Le Mans 1966. Ayudó a convertir al GT40 en una máquina fiable y brutal, gestionando pilotos, mecánica y estrategia. No fue solo una victoria deportiva, fue una revancha histórica.
El AC Cobra empezó en un pequeño taller de California en 1962. Shelby tuvo la idea simple y peligrosa de meter un V8 americano en un chasis británico ligero. Nada de estudios de mercado: solo intuición, herramientas básicas y ganas de ganar carreras.
Shelby sufría angina y competía llevando pastillas de nitroglicerina por si el dolor aparecía en plena carrera. Ganó Le Mans como piloto en 1959 sabiendo que su corazón podía fallar en cualquier momento. Se retiró en 1960, pero nunca bajó el ritmo fuera del coche.
Nunca fue un hombre de oficina. Ignoraba memorandos, discutía con ejecutivos de Ford y modificaba coches sin pedir permiso. Para él, si algo hacía el coche más rápido, se hacía. Esa mentalidad definió a todos los Shelby.
El Mustang original era atractivo, pero no radical. Shelby lo transformó en el GT350: suspensión endurecida, V8 afinado y actitud de circuito. Gracias a él, el Mustang pasó de coche juvenil a icono del músculo americano.
Además de coches, vendió kits de chili, fundó escuelas de conducción, probó con ganadería y hasta con embarcaciones. Shelby veía oportunidades en todo. Su nombre no solo se asoció a velocidad, sino también a carácter, negocio y legado.
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