Prometen tecnología, estatus y sostenibilidad, pero muchos usuarios sienten que el precio no se justifica. La calidad interior, la autonomía real y la infraestructura de carga siguen siendo puntos débiles para el uso diario.
Extremadamente populares, pero con una conducción poco emocionante. Con carga completa, la aceleración es justa y los interiores cumplen sin destacarse frente a rivales más carismáticos.
Impresionan en cifras, pero en la vida diaria resultan duros, caros de asegurar y costosos de mantener. Con el avance de los eléctricos rápidos, su atractivo ya no es tan claro.
Se venden como puertas de acceso al lujo, pero decepcionan. Materiales y refinamiento más cercanos a autos generalistas, con prestaciones que rara vez entusiasman.
Imponen presencia y capacidad, pero para la mayoría son excesivas. Consumen mucho, son enormes y las versiones equipadas cuestan como un sedán de lujo.
Antes sinónimo de practicidad y ahorro, hoy pierden terreno. Espacio limitado, poca potencia en ruta y fuerte competencia de híbridos y eléctricos los dejan en desventaja.
Atraen por su perfil ecológico, pero tienen costos iniciales altos. La batería reduce espacio de carga y el ahorro real de combustible no siempre compensa a largo plazo.
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