El Cadillac Eldorado de 1959 es el icono indiscutible de la era tailfin. Sus aletas alcanzaban casi 42 pulgadas de altura y se proyectaban hacia el exterior con una teatralidad sin precedentes. Diseñado bajo la dirección de Chuck Jordan, combinaba exuberancia visual con tecnología avanzada, rematada por un V8 de 6,4 litros capaz de entregar 345 CV y un par acorde a su imponente presencia.
El Fairlane 500 demostró que el diseño futurista no tenía por qué ser exclusivo del lujo extremo. Sus aletas limpias y ascendentes, junto con molduras laterales inspiradas en la aviación, lo convirtieron en un éxito masivo. Con motores V8 como el Thunderbird Special de 312 pulgadas cúbicas y hasta 245 CV, ofrecía estilo espacial a un público mucho más amplio.
Antes de que los Continental definieran la elegancia de los años 60, el Lincoln Premiere mantuvo viva la estética tailfin con una carrocería que parecía más un cohete que una berlina. Acristalamiento envolvente, grandes dimensiones y un V8 de hasta 300 CV lo situaban como un puente entre el exceso visual de los 50 y el lujo más refinado que vendría después.
En 1959, Mercury dejó de ser una marca intermedia discreta con el Park Lane. Su larga batalla de 126 pulgadas, las aletas estilizadas y los pilotos traseros tipo “rocket pod” le daban una identidad propia. Bajo el capó, el V8 Super Marauder de 430 pulgadas cúbicas podía alcanzar los 400 CV, cifras extraordinarias incluso vistas con criterios actuales.
Pocos coches reflejan tan bien la locura creativa del final de los años 50 como el Dodge Custom Royal Lancer. Aletas descomunales, pintura bitono y detalles inspirados en la aviación lo hacían parecer en movimiento constante. Sus V8 de hasta 320 CV y soluciones como el cambio por botones reforzaban su carácter futurista.
El Buick Limited de 1958 combinaba lujo extremo y presencia escénica. Aletas altas, abundante cromo y una parrilla monumental lo convertían en uno de los grandes protagonistas de su tiempo. Su V8 de 6,0 litros con 300 CV, unido a la transmisión Dynaflow, priorizaba una conducción suave y refinada, muy acorde con su posicionamiento premium.
El Pontiac Bonneville de 1959 cerró la década con una combinación muy equilibrada de diseño y comportamiento. Su concepto “Wide-Track” ensanchaba la vía para mejorar estabilidad, algo clave desde una perspectiva técnica. Con un V8 de 6,4 litros y 300 CV, ofrecía una conducción más sólida sin renunciar a una zaga tan espectacular como el resto de sus contemporáneos.
El Lincoln Continental Mark IV de 1959 combinó aletas traseras elegantes con un enfoque claro en el lujo absoluto. Destacó por su enorme interior, alto nivel de equipamiento —elevalunas eléctricos, aire acondicionado y asientos eléctricos— y un V8 MEL de 7,0 litros con 350 CV, pensado para ofrecer suavidad y autoridad más que deportividad.
Relacionadas
Precio del Mercedes SLS AMG Black Series 2014
Un superdeportivo de 622 caballos de fuerza que acelera de 0-60 mph en 3.5...