El Acura NSX redefinió la precisión en los superdeportivos. Su V6 VTEC central de 270 CV se combinaba con una caja manual de cinco marchas exquisita, con recorridos cortos y una precisión quirúrgica. Honda afinó cada detalle del tacto del cambio para crear una experiencia casi perfecta, incluso a baja velocidad.
El RX-7 de tercera generación ofrecía una de las experiencias manuales más intensas de la década. Su motor rotativo biturbo y su cambio de cinco marchas exigían implicación constante. La palanca era directa, precisa y resistente, ideal para exprimir un motor que despertaba de verdad a altas revoluciones.
El BMW M3 E36 fue el referente de las berlinas deportivas. Su seis cilindros atmosférico y su robusta caja manual Getrag ofrecían un equilibrio perfecto entre precisión y resistencia. No era el cambio más corto, pero sí uno de los más honestos y satisfactorios para conducción deportiva.
El MR2 Turbo demostraba que no hacía falta pagar precio Porsche para disfrutar de un deportivo central. Su cambio manual de cinco marchas, conectado por cables, ofrecía un tacto sorprendentemente mecánico. Ligero, preciso y comunicativo, hacía que cada trayecto pareciera una vuelta rápida.
El STI Type R era rally en estado puro. Su caja manual reforzada trabajaba en perfecta armonía con la tracción total y el motor bóxer turbo. Los recorridos eran cortos, firmes y pensados para conducción agresiva, transmitiendo una sensación de control absoluto.
El Mustang GT no destacaba por la finura de su cambio, pero sí por su carácter. La caja T-5 era tosca y exigente, acompañada de un embrague duro y un V8 lleno de par. No era precisión europea, era músculo americano sin filtros.
El Golf GTI VR6 combinaba practicidad diaria con un sonido adictivo. Su cambio manual de cinco marchas ofrecía un tacto equilibrado y una excelente sincronización con el par constante del motor VR6. Un coche tan cómodo como divertido cuando se le exigía.
El 300ZX Twin Turbo fue una demostración de ingeniería japonesa. Su cambio manual soportaba sin problemas los 300 CV del V6 biturbo, con recorridos precisos y un tacto sólido. Dominar sus marchas era clave para gestionar el empuje de los turbos y disfrutarlo al máximo.
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