Se siente pesado de la manera correcta. La potencia se esconde bajo movimientos tranquilos hasta que decides despertarla. La dirección hace promesas silenciosas que casi siempre cumple. Te acostumbras a su fuerza más rápido de lo esperado y luego olvidas que está ahí. Aquí, comodidad y velocidad no discuten.
Se percibe brutal incluso antes de arrancar. Grande, sin vergüenza, no necesita esfuerzo para dominar el pavimento ni tu paciencia. No es sutil, pero bajo todo ese ruido hay una extraña suavidad. Parece demasiado, pero de una forma que termina gustando.
Se mueve como una sombra que también gruñe. El equilibrio entre lujo y violencia mecánica funciona mejor de lo que debería. Todo está pulido, pero nunca blando. Casi olvidas lo potente que es porque la velocidad llega en silencio. Se siente sin esfuerzo, quizá demasiado educado.
Parece que alguien recordó lo que significaba “músculo” y luego lo refinó. La dirección tiene una honestidad rara, de esas que se aprecian después. Es ruidoso pero preciso, con bordes definidos y sin caos. La velocidad aparece como un secreto que ya conocías.
Agudo, sólido y un poco arrogante. Todo reacciona más rápido de lo que pedís. Se siente serio, pero cansado de fingir elegancia. El auto parece más inteligente de lo que debería ser. Tal vez sea solo la electrónica ocultando la verdad.
Todo es instantáneo. Sin retraso, sin sonido, tal vez sin alma, pero tan rápido que deja de importar. Se siente más como teletransportación que como movimiento. El silencio se llena de tensión en lugar de calma. O te impresiona o te inquieta. Quizá ambas cosas.
Sigue siendo, de algún modo, el punto justo. Más ligero, más rápido y con ganas de lucirse. La familiaridad lo hace menos sorprendente, pero no menos satisfactorio. Se siente lo suficientemente equilibrado como para justificar todos los elogios. A veces uno olvida lo raro que es lograr eso.
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