Al igual que en la Fórmula 1, donde la eficiencia y la estrategia marcan la diferencia, el mercado actual exige decisiones inteligentes. Apostar por plazos largos puede parecer una ventaja inicial, pero a largo plazo es una estrategia perdedora, tanto en competición como en la vida real.
Los Millennials y la Generación Z son los más afectados. Sus cuotas han aumentado hasta un 60% desde 2019, muy por encima de la inflación. Además, los salarios reales han caído en algunos segmentos, dificultando aún más el acceso a un vehículo. Cada vez menos jóvenes pueden permitirse comprar un coche nuevo, lo que está cambiando el mercado a largo plazo.
El problema se agrava cuando los compradores arrastran deudas anteriores. En 2025, el 29,3% de los vehículos entregados como parte de pago tenían deuda pendiente, y muchos usuarios la trasladaron al nuevo préstamo. Esto significa salir del concesionario debiendo más de lo que vale el coche, una situación conocida como “equidad negativa” que convierte la compra en un ciclo difícil de romper.
Los grandes beneficiados de este modelo son los prestamistas y las financieras. Los préstamos largos generan hasta tres veces más intereses, mientras que las marcas mantienen precios elevados gracias a cuotas “aparentemente” asumibles. Las ofertas al 0% prácticamente han desaparecido, dejando a muchos compradores con intereses entre el 9% y el 13%, especialmente en perfiles jóvenes o de mayor riesgo.
La lógica parece simple: cuanto más largo el plazo, menor la cuota. Sin embargo, la realidad es otra. Un préstamo a 100 meses con un interés del 9% puede generar unos 15.000 dólares en intereses frente a los 4.600 de un crédito a 60 meses. La cuota baja, pero el coste total se dispara hasta triplicarse, convirtiendo la compra en una carga financiera a largo plazo.
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