El Aston Martin Virage nació en un momento financiero complicado para la marca. Para reducir costes, recurrió a piezas de otros fabricantes: faros delanteros de Audi y luces traseras de Volkswagen Scirocco. Una solución pragmática para un GT de alto nivel.
El Lotus Esprit V8 es famoso por su mezcla de ingeniería brillante y soluciones prácticas. Entre ellas, el uso de retrovisores provenientes del Citroën CX, una pieza que también compartieron múltiples fabricantes de bajo volumen.
El Lamborghini Diablo, especialmente en sus versiones posteriores, utilizó faros del Nissan 300ZX. Un cambio que dejó atrás los clásicos faros escamoteables y modernizó su estética con componentes más eficientes.
El McLaren F1, uno de los coches más exclusivos jamás creados, compartía retrovisores con el Volkswagen Corrado. Una elección basada en aerodinámica y diseño, no en coste, lo que demuestra el enfoque técnico del proyecto.
El TVR Griffith integró de forma sorprendente los pilotos traseros de un Vauxhall Cavalier. Invertidos y adaptados, encajaban perfectamente en el diseño del deportivo británico.
El TVR Cerbera llevó aún más lejos esta práctica al utilizar luces traseras del Ford Fiesta y, posteriormente, componentes de Land Rover. Todo ello sin perder su carácter radical.
El Pagani Zonda, uno de los hiperdeportivos más exclusivos, utilizó controles de climatización compartidos con otros fabricantes. Además, su motor derivaba de bloques desarrollados por Mercedes-AMG, combinando lujo con ingeniería probada.
El Jaguar XJ220, nacido como un proyecto casi experimental, incorporó pilotos traseros del Rover 200. Un detalle curioso en uno de los superdeportivos más rápidos de su época.
El Aston Martin DB7 combinó elegancia británica con recursos globales. Utilizó manillas y luces traseras provenientes de Mazda, gracias a la red de colaboración industrial de Ford en los años 90.
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