El Morris Mini Cooper de 1961 fue el precursor de todos los compactos deportivos modernos. John Cooper, genio detrás de los monoplazas de Fórmula 1 de motor central, vio en el Mini una base perfecta para la competición. Gracias a un árbol de levas más agresivo, doble carburación SU y válvulas de mayor tamaño, el pequeño motor A-Series de 998 cc ofrecía prestaciones inéditas para un coche urbano. Su éxito en competición amplió su atractivo y lo convirtió en un icono instantáneo.
Renault recurrió al mítico Amédée Gordini para transformar al discreto R8 en algo especial. El primer Renault 8 Gordini de 1964 ya ofrecía más carácter, pero fue la versión de 1966 la que entró en la leyenda. Con su inconfundible pintura azul con franjas blancas, faros adicionales y un motor ampliado a 1,25 litros y 110 CV, el Gordini se convirtió en un auténtico coche de carreras para la calle.
El NSU Prinz 1200 TT fue uno de los grandes rivales del Gordini. Compacto, ligero y con motor trasero refrigerado por aire, ofrecía una experiencia de conducción intensa y directa. Su cuatro cilindros de 1.177 cc alcanzaba los 65 CV, una cifra notable para la época en un coche de su tamaño. Su producción relativamente elevada no le restó carácter, y hoy es recordado como uno de los deportivos compactos más singulares de los años 60.
El Fiat 128 ya había revolucionado el segmento con su tracción delantera moderna, y la versión Rally añadió el componente emocional. Con el motor aumentado a 1.290 cc, carburador Weber de doble cuerpo y una puesta a punto más agresiva, ofrecía 67 CV y una conducción viva. Estéticamente se diferenciaba por detalles específicos y un interior más deportivo, demostrando que un coche familiar podía ser también divertido.
El Volkswagen Golf GTI Mk1 es, para muchos, el origen del hot hatch moderno. Con su motor de inyección de 110 CV, chasis rebajado y una imagen inconfundible, convirtió al Golf en un referente deportivo sin sacrificar usabilidad diaria. Su éxito fue inmediato y masivo, con más de 460.000 unidades vendidas, marcando el camino que seguirían innumerables compactos deportivos en las décadas siguientes.
El Fiat 127 Sport llevó el concepto de “utilitario picante” a otro nivel. Gracias a mejoras firmadas por Abarth en el motor de 1.050 cc, suspensión y frenos, ofrecía un comportamiento ágil y divertido. Su estética diferenciada y colores llamativos reforzaban su carácter. Fue uno de los primeros ejemplos claros de que el tamaño no estaba reñido con las sensaciones al volante.
El Fiat 131 Mirafiori Sport, conocido como Racing en algunos mercados, aprovechó el prestigio del 131 Abarth de rally. Con su motor de dos litros y doble árbol de levas, cambio manual de cinco marchas y una imagen agresiva con cuatro faros delanteros, ofrecía prestaciones respetables y una fuerte conexión con la competición, algo poco habitual en una berlina familiar.
Con la llegada del Escort de tracción delantera, Ford necesitaba una versión que aportara carisma. El XR3 cumplió ese rol con una estética llamativa y un motor CVH de 97 CV alimentado por carburador Weber. Aunque dinámicamente no podía competir con el Golf GTI, su imagen y posicionamiento lo convirtieron en un éxito comercial y en un símbolo de la época.
El Ford Fiesta XR2 cerró esta primera gran era de deportivos derivados de coches cotidianos. Con un motor 1.6 más potente, una estética diferenciada y prestaciones brillantes para su tamaño, se convirtió en el favorito de toda una generación de jóvenes conductores europeos. Era rápido, accesible y divertido, consolidando definitivamente la idea de que un coche pequeño y práctico también podía ser apasionante.
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