El Camry mantiene una sensación de estabilidad incluso cuando el odómetro sube a cifras serias. Los más veteranos suenan cansados, pero siguen arrancando sin drama. Sus dueños dejan de preocuparse con el tiempo: asumen que siempre estará ahí. El kilometraje no parece afectarle tanto como a otros, aunque la pintura suele acusar antes el paso de los años. Transmite calma incluso cuando los números imponen respeto.
Un Accord conserva su ritmo durante más tiempo que la mayoría, y eso a veces lleva a confiarse demasiado. El motor sigue sonando igual tras años de uso, pero pequeños detalles interiores recuerdan que no es nuevo. Parece hecho para grandes recorridos, donde la edad avanza despacio. No envejece mal; simplemente lo hace con una educación mecánica poco común.
El tiempo lo vuelve más blando, no peor. Su suspensión parece recordar cada pista de tierra sin quejarse. Al alcanzar altos kilometrajes, suele aparecer algún fallo menor, pero se le perdona por cómo se siente al volante. Da la impresión de querer durar incluso cuando ya está cansado.
El Malibu suele parecer más nuevo de lo que realmente es. Las puertas se sienten algo más ligeras, la dirección pierde precisión, pero nada resulta alarmante. Algunos envejecen con gracia, otros con cierta torpeza. El kilometraje trae sorpresas pequeñas, no siempre preocupantes. Es un coche que suele durar más de lo que la gente espera.
Empieza a mostrar su edad alrededor de los 130.000 kilómetros, a veces antes, a veces después. Cada temporada aparece un ruido nuevo. Aun así, su tamaño y planteamiento siguen siendo acertados. No destaca en nada, pero tampoco se rinde con facilidad. Esa fiabilidad discreta es la razón por la que muchos lo conservan.
El Altima envejece de forma imprevisible. Algunos salen excelentes; otros parecen inquietos con el paso del tiempo. El kilometraje cambia su sonido más que su comportamiento. Los asientos permanecen cómodos incluso cuando la transmisión empieza a generar dudas. Hay quienes los defienden con pasión y quienes los venden en silencio.
Conserva su carácter incluso cuando los kilómetros se acumulan. La dirección sigue viva, quizá demasiado. El interior envejece despacio. Es como si se mantuviera joven por momentos y luego recordara cuántos años tiene en realidad. No molesta a nadie, y eso juega a su favor en el mercado de ocasión.
Una Sonata usada resulta familiar de inmediato. La edad aparece antes en botones y pantallas que bajo el capó. El diseño la hace parecer más moderna de lo que es, lo que puede influir en el precio. Algunos compradores pasan por alto detalles reales atraídos por esa apariencia joven.
Los todoterreno envejecen distinto. El óxido y los ruidos llegan pronto, pero forman parte del pacto. El kilometraje importa… hasta que deja de hacerlo. Sus propietarios se ríen, reparan y siguen adelante. No es la compra más sensata, pero sigue siendo divertido, y para muchos eso lo justifica todo.
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