El Pontiac Firebird, especialmente en su cuarta generación con faros escamoteables, fue durante años un símbolo de músculo americano accesible. Versiones Formula y Trans Am con motores LT1 y LS1 ofrecían prestaciones reales y una presencia imponente. Sin embargo, interiores cargados de plástico, filtraciones en los techos T-Top y problemas eléctricos comunes han hundido su cotización. Hoy se encuentran unidades V8 por precios sorprendentemente bajos, a pesar de compartir corazón mecánico con modelos ya mucho más valorados.
El Chevrolet Camaro fue el hermano más visible del Firebird y un auténtico símbolo de estatus juvenil en los años 90 y principios de los 2000. Las versiones Z28 y SS con motor LS1 ofrecían una relación prestaciones-precio espectacular. No obstante, el envejecimiento estético, la abundancia de versiones V6 y problemas conocidos como la fragilidad de la transmisión automática 4L60E han mantenido los precios contenidos. Sigue siendo rápido y carismático, pero el mercado aún lo trata como un deportivo de bajo presupuesto.
El Ford Probe fue un experimento arriesgado: un coupé deportivo de tracción delantera, desarrollado junto a Mazda, que incluso estuvo cerca de reemplazar al Mustang. El Probe GT de segunda generación, con motor V6 2.5 de origen Mazda, ofrecía buen equilibrio dinámico y un diseño futurista muy noventero. Sin embargo, su estética envejeció mal, su nombre nunca ayudó y jamás cumplió con la promesa emocional que sugería. Hoy es raro, barato y curiosamente interesante.
El Dodge Stealth fue el gemelo estadounidense del Mitsubishi 3000GT, y en versión R/T Twin Turbo era una auténtica bestia tecnológica: tracción total, dirección a las cuatro ruedas y hasta 320 CV. A pesar de ello, nunca alcanzó el estatus de icono de su contraparte japonesa. La complejidad mecánica y el alto coste de mantenimiento lo relegaron al olvido. Hoy, salvo las versiones más potentes y cuidadas, se vende por una fracción de lo que ofrecía en su época.
El Chevrolet Cobalt SS sorprendió a propios y extraños. Especialmente las versiones turboalimentadas de 260 CV demostraron que GM aún sabía hacer compactos rápidos y eficaces. El problema fue todo lo que lo rodeaba: diseño anodino, interiores pobres y la sombra de los grandes escándalos de fiabilidad de GM en los 2000. A pesar de su enorme potencial dinámico, sigue siendo uno de los deportivos más infravalorados del mercado.
El Pontiac G6 GTP Coupé quiso ser deportivo, elegante y emocional, pero nunca logró desprenderse de su ADN de coche de flota. Su V6 de 240 CV ofrecía cifras decentes, pero la experiencia de conducción carecía de carácter. Atrapado entre una identidad confusa y una marca en declive, terminó siendo ignorado. Hoy es barato, cómodo y olvidado, ideal para quien busca algo diferente sin aspiraciones de revalorización.
El Mitsubishi Eclipse de segunda generación fue un mito del tuning, pero la tercera generación rompió con todo lo que lo hizo grande. Perdió la tracción total, ganó peso y se volvió más blando. Aunque el diseño del GT V6 seguía siendo atractivo, el coche ya no ofrecía la experiencia deportiva que los entusiastas esperaban. Problemas habituales de envejecimiento y una reputación dañada lo mantienen hoy en precios irrisorios.
El Saturn Sky fue un roadster genuinamente atractivo, especialmente en versión Redline con motor turbo de 260 CV y tracción trasera. Compartía plataforma con el Pontiac Solstice y ofrecía una experiencia divertida y distinta. Sin embargo, el cierre definitivo de la marca Saturn lo condenó al olvido. La falta de respaldo de marca y ciertas dificultades para encontrar piezas específicas han limitado su revalorización, pese a ser un deportivo muy capaz.
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