El Alfa Romeo 4C tenía todos los ingredientes para triunfar: monocasco de fibra de carbono, motor central turbo, bajo peso y un diseño espectacular. Sin embargo, su puesta a punto falló. La suspensión era nerviosa hasta el extremo, la estabilidad direccional poco confiable y el ruido constante agotaba en uso real. En Alfa Romeo, cuando un deportivo no transmite confianza al volante, el mercado responde con indiferencia. Una receta excelente, mal ejecutada.
El DS 5 nació como una alternativa real a las berlinas premium alemanas. Su diseño rompedor, interior lujoso y planteamiento híbrido entre coupé, shooting brake y hatchback lo hacían especial. El problema fue una suspensión excesivamente dura que chocaba con su enfoque refinado. A eso se sumó una marca aún poco asentada. Resultado: un coche bello, sofisticado… y comercialmente fallido.
El Jaguar XJR575 fue una joya casi invisible. Con 575 CV, 300 km/h de punta y un chasis capaz de gestionarlo todo con elegancia, era una gran berlina deportiva como ya casi no existen. Además, fue el último XJ de gasolina jamás producido. Cambios normativos, baja demanda y el empuje del diésel lo sacaron del mercado antes de tiempo. Merecía una despedida mucho más grande.
El CR-Z evocaba al mítico CR-X y prometía deportividad moderna con tecnología híbrida. El problema fue precisamente ese híbrido conceptual: no era lo bastante divertido para los puristas ni lo suficientemente eficiente para los compradores ecológicos. Se quedó atrapado entre dos mundos, sin convencer plenamente a ninguno. Su retirada anticipada fue tan silenciosa como su éxito ausente.
El Urban Cruiser parecía una gran idea: un pequeño crossover con diseño atractivo en plena expansión del segmento. Pero una vez dentro, todo se volvía gris. Interior anodino, conducción insípida y cero carisma dinámico. El mercado pronto entendió que, más allá del nombre, no había nada verdaderamente “urbano” ni “cool” en él. Y simplemente dejó de comprarlo.
El Renault Wind parecía un concept car hecho realidad: roadster compacto, techo eléctrico en 12 segundos y desarrollo de Renault Sport. Era divertido y distinto, pero su base mecánica de Twingo no ofrecía el chasis brillante que prometía su imagen. A eso se sumaron un nombre desafortunado y una visibilidad trasera pobre. Demasiadas pequeñas concesiones para un coche que debía enamorar.
El Opel Ampera estaba adelantado a su tiempo. Como híbrido de autonomía extendida, resolvía el gran miedo al coche eléctrico antes de que fuera popular. Era cómodo, silencioso y tecnológicamente brillante. Pero era caro, solo tenía cuatro plazas y llevaba un logo generalista en un precio casi premium. El concepto era correcto; el posicionamiento, no.
El Evora fue el proyecto más ambicioso de Lotus: combinar la magia del Elise con confort, tecnología y uso diario. El chasis era excepcional, pero el precio subió con cada mejora, alejándolo de su público natural. Mientras tanto, Porsche ofrecía una experiencia más redonda. El Evora nunca fue un mal coche, pero quedó atrapado en tierra de nadie.
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