
Mazda siempre ha sido una marca conocida por buscar caminos diferentes dentro de la industria del automóvil. Mientras la mayoría de fabricantes apostaban por motores convencionales, el Mazda RX-8 mantuvo viva la filosofía del motor rotativo, una tecnología que había convertido al RX-7 en un icono entre los deportivos japoneses. Su llegada en 2003 supuso una nueva interpretación del concepto de coche deportivo, dejando atrás la obsesión por la potencia extrema.
El RX-8 no buscaba ser el más rápido en línea recta, sino ofrecer una experiencia de conducción única. Su motor Renesis de 1.3 litros utilizaba un sistema Wankel con un rotor triangular en lugar de los tradicionales pistones. Esta configuración permitía tener un propulsor más compacto, ligero y capaz de subir de revoluciones con una suavidad que pocos motores podían igualar.
El gran atractivo del motor rotativo estaba en su diseño. Al tener menos piezas móviles que un motor convencional, ofrecía un funcionamiento más refinado y una excelente relación entre peso y potencia. Sin embargo, también tenía importantes desventajas, como un consumo elevado, mayores emisiones y la necesidad de quemar aceite durante su funcionamiento normal. Estos problemas hicieron que la mayoría de fabricantes abandonaran esta tecnología hace décadas.
Mazda consiguió mejorar algunos aspectos del motor Wankel con el RX-8, aunque nunca pudo eliminar completamente sus limitaciones. El deportivo japonés ofrecía entre 197 y 238 CV según la versión y la transmisión elegida, pero su verdadero valor estaba en la forma en la que entregaba sus prestaciones. El conductor debía mantener el motor alto de vueltas para aprovechar todo su potencial.
La clave del Mazda RX-8 estaba en el equilibrio del conjunto. La marca diseñó el chasis alrededor del pequeño motor rotativo, logrando un reparto de pesos cercano al 50:50 y una respuesta muy precisa en curvas. Su bajo centro de gravedad, su dirección comunicativa y su ligereza permitían disfrutar de una conducción deportiva sin necesidad de cifras de potencia enormes.

Además de su comportamiento dinámico, el RX-8 destacó por soluciones poco habituales. Sus puertas traseras de apertura inversa permitían ofrecer cuatro plazas reales en un coupé deportivo, algo prácticamente inexistente en el mercado. Mazda consiguió combinar diseño, practicidad y deportividad en un modelo que no seguía las normas tradicionales del segmento.
A pesar de no contar con la potencia de algunos rivales, el Mazda RX-8 conquistó a los aficionados por sus sensaciones al volante. Su motor capaz de alcanzar hasta 9.000 rpm con cambio manual, su sonido característico y su equilibrio hicieron que muchos conductores lo consideraran uno de los deportivos japoneses más especiales de su época.
En 2012, Mazda puso fin a la producción del RX-8 debido a las nuevas normativas de emisiones y consumo, cerrando una etapa histórica para los motores rotativos. Sin embargo, su legado continúa vivo: el RX-8 representa una época en la que algunos fabricantes todavía se atrevían a apostar por soluciones diferentes, y Mazda incluso recuperó esta tecnología en el MX-30 e-Skyactiv R-EV como generador eléctrico.
Un superdeportivo de 622 caballos de fuerza que acelera de 0-60 mph en 3.5 segundos.
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Han renovado su contrato por 5 años más.