El Maserati Levante llegó como la gran apuesta SUV de la marca italiana, pero nunca logró consolidarse en el mercado. Aunque generó expectativa inicial, la demanda en el mercado de segunda mano es baja, lo que provoca una depreciación rápida y constante. Hoy es uno de los ejemplos más claros de cómo el hype no siempre se traduce en valor a largo plazo.
El Tesla Model S fue durante años el referente de los eléctricos de lujo, pero sufre el ritmo vertiginoso de la tecnología. Con cada nueva actualización, los modelos anteriores quedan rápidamente obsoletos. Esto provoca que vehículos que costaban más de 100.000 dólares pierdan valor de forma acelerada en el mercado de usados.
El Jaguar I-PACE es otro claro ejemplo de cómo la evolución tecnológica afecta la reventa. Aunque fue innovador en su lanzamiento, hoy queda eclipsado por opciones más modernas con mejor autonomía y eficiencia. La incertidumbre sobre baterías antiguas también reduce el interés de los compradores.
El Cadillac CT6 destacaba por su tecnología avanzada, incluyendo sistemas semiautónomos como Super Cruise. Sin embargo, la decisión de discontinuar el modelo afectó directamente su valor. Sin respaldo futuro ni continuidad, su depreciación se aceleró significativamente.
El Fiat 500 siempre destacó por su diseño icónico y personalidad, pero eso no fue suficiente para sostener su valor. La llegada de competidores más modernos y prácticos redujo su demanda, provocando una caída constante en el mercado de segunda mano.
El Volkswagen Arteon tenía todos los ingredientes para triunfar: diseño atractivo, tecnología y buen rendimiento. Sin embargo, nunca logró convencer del todo a los compradores. Esa falta de demanda se traduce directamente en una depreciación más rápida de lo esperado.
El Chrysler 300 mantiene su imagen imponente y su reconocimiento cultural, pero eso no evita su pérdida de valor. La falta de evolución y el cambio del mercado hacia SUVs han reducido su atractivo, convirtiéndolo en uno de los sedanes que más se deprecian en la actualidad.