Durante décadas, la imagen del coche estadounidense estuvo ligada a grandes motores V8 y músculo puro. Sin embargo, la industria mostró que no siempre era así: desarrollar un motor propio podía ser costoso y arriesgado, y en varios casos, la solución más práctica y eficiente fue recurrir a motores japoneses. Esto dio lugar a vehículos únicos: con diseño y emblema americanos, pero con alma mecánica japonesa bajo el capó.
En realidad era una Mitsubishi L200 con logo Dodge. Usaba motores japoneses de 2.0 y 2.6 litros, fiables y económicos. Un mini truck americano con alma totalmente nipona.
Este Nova no tenía V8: era un Toyota Sprinter reetiquetado. Montaba un cuatro cilindros Toyota y se fabricaba en la planta NUMMI, el joint venture entre GM y Toyota.
Conocido en el resto del mundo como Mitsubishi Starion. Bajo el capó llevaba un cuatro cilindros turbo japonés de 2.6 litros, con hasta 197 hp en sus versiones más potentes.
Desarrollado junto a Mazda, utilizaba motores japoneses F2 de 2.2 litros y, en versiones GT, turbo. Incluso la segunda generación mantuvo mecánica Mazda.
Gemelo del Toyota Matrix. Basado en la plataforma Corolla, montaba el fiable 1.8 de Toyota, con opción de tracción integral. Un Pontiac con ADN 100% japonés.
El crossover más extraño de GM: llevaba un V6 Honda de 3.5 litros con 250 hp y caja Honda. Aceleraba de 0 a 100 km/h en menos de 7 segundos. Un SUV americano con corazón japonés.
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