El Chevrolet Nova regresó en los años 80 gracias a una alianza con Toyota. En realidad, era un derivado del Corolla, con un motor 1.6L de la serie A (4A-GE). No destacaba por potencia, pero sí por eficiencia y fiabilidad, algo poco habitual en los compactos americanos de la época.
El Ford Probe nació de la colaboración con Mazda. Montaba motores Mazda, incluyendo un 2.2L y posteriormente un V6 de 2.5L. Este modelo representó un cambio de mentalidad en Ford, apostando por eficiencia y comportamiento dinámico.
El Ford Ranger utilizó motores diésel de origen extranjero en sus primeros años. Inicialmente, Mazda suministró un 2.2L basado en un diseño de Perkins Engines, y posteriormente se incorporó un motor Mitsubishi más potente, evidenciando la dependencia de tecnología externa para este tipo de mecánicas.
El Jeep Grand Cherokee incorporó motores diésel desarrollados por VM Motori. Estas versiones, destinadas principalmente a mercados internacionales, ofrecían mayor eficiencia y autonomía, adaptándose a la demanda global fuera de EE.UU.
El Lincoln Continental Mark VII llegó a montar un motor diésel de BMW: un 2.4L turbo de seis cilindros. Aunque su vida fue corta, este modelo demuestra hasta qué punto incluso las marcas de lujo americanas buscaron soluciones en Europa.
El Pontiac Vibe fue fruto de la colaboración entre General Motors y Toyota. Utilizaba motores japoneses de la familia ZZ y ZR, destacando por su fiabilidad y eficiencia. Fue uno de los últimos grandes ejemplos de cooperación entre ambas compañías.
El Saturn Vue incorporó un motor V6 de Honda, concretamente el J35 de 3.5 litros. Esta decisión mejoró notablemente el rendimiento y la suavidad del SUV, convirtiéndolo en una de las versiones más valoradas del modelo.
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