El Mazda MX-5 Miata sigue siendo la explicación más pura de por qué la tracción trasera importa. Con 181 CV y un equilibrio casi perfecto de pesos, no necesita cifras descomunales para brillar. Su magia está en cómo convierte cada curva en una experiencia, haciendo que incluso un trayecto cotidiano se sienta especial.
El Subaru BRZ representa una resistencia clara frente a la tendencia actual. Con 228 CV y motor atmosférico, apuesta por la simplicidad y el equilibrio. No es un coche que oculte errores, sino uno que invita a mejorar como conductor, algo cada vez más raro en el mercado.
El BMW Z4 M40i combina elegancia y deportividad con un seis cilindros en línea de 382 CV. Es rápido, refinado y divertido, manteniendo ese carácter clásico de roadster que hoy parece en peligro de extinción. La tracción trasera le da ese toque juguetón que lo hace especial.
El BMW M2 es uno de los últimos coupés compactos que mantiene intacta la esencia deportiva de la marca. Con 473 CV, ofrece potencia, pero también carácter. Es exigente, directo y con una conducción que recompensa al que sabe aprovecharlo.
El Ford Mustang Dark Horse aporta músculo y actitud con su V8 de 500 CV. Es un coche que no busca ser perfecto, sino emocionante. La tracción trasera es clave para mantener esa personalidad indomable que define al Mustang desde siempre.
El Cadillac CT5-V Blackwing es una rareza maravillosa: una berlina de lujo con 668 CV y cambio manual. Su potencia brutal gestionada solo por el eje trasero crea una experiencia intensa y desafiante, algo que pocas marcas se atreven a ofrecer hoy.
El Chevrolet Corvette Stingray demuestra que un superdeportivo puede ser accesible. Con motor central y hasta 495 CV, combina prestaciones de élite con una conducción emocionante. La tracción trasera mantiene viva la interacción entre coche y conductor.