Pese a su diseño impactante y puertas tipo tijera, el i8 nunca llegó a convertirse en un icono de culto. Su imagen era tan moderna que no envejecía bien, y su identidad ambigua —entre lo ecológico y lo deportivo— hizo que no encontrara un público fiel. No fue ni el superdeportivo del futuro ni el eléctrico del presente, quedándose en tierra de nadie.
Quien compra un deportivo espera sensaciones fuertes, y el i8, pese a su imagen agresiva, no era precisamente un bólido. Su potencia rondaba los 374 CV en sus versiones más evolucionadas, muy lejos de modelos como el BMW M6 Gran Coupé (560 CV) o incluso el M3 de 2015 (425 CV), ambos más potentes y más baratos. La relación precio-potencia del i8 era, simplemente, poco atractiva.
El precio de partida del i8 era de 136.650 dólares, cifra que en 2024 superaría los 180.000 ajustada por inflación. En comparación, el actual BMW i7, un modelo totalmente eléctrico, parte desde los 105.700 dólares. La exclusividad del i8 no justificaba su elevado coste, y las ventas reflejaron esa falta de interés: tras un arranque aceptable en 2015, las cifras cayeron en picado, sobre todo en EE. UU.
A diferencia de los actuales modelos eléctricos de BMW, el i8 no era un coche eléctrico puro, sino un híbrido enchufable. Tenía una autonomía eléctrica de apenas 35 km, y después funcionaba con un motor de gasolina. Esto generó confusión en el consumidor, que asociaba la submarca “i” con vehículos totalmente eléctricos, y se encontraba con un modelo que aún requería repostar combustible.
El BMW i8 debutó en 2014 como un deportivo híbrido enchufable con diseño futurista y vocación sostenible. Formaba parte del naciente sello «i» de la marca, que hoy incluye modelos totalmente eléctricos como el i4 o el iX. Sin embargo, su planteamiento intermedio no terminó de convencer a nadie. Era tecnológicamente avanzado, pero ni lo suficiente como para los eléctricos, ni lo bastante potente como para los entusiastas del motor.