El caso de Maserati es preocupante: sus ventas globales cayeron un 57% en 2024. En EE. UU., los elevados precios por aranceles —que encarecen hasta un 25% cada unidad— y los retrasos en el lanzamiento de modelos eléctricos han hundido su competitividad. Stellantis podría verse obligada a venderla, fusionarla o, en el peor de los escenarios, cerrarla.
La británica Mini, bajo el paraguas de BMW, pasó de ser un coche icónico a convertirse en un producto de nicho sobrevalorado. Sus ventas han caído más del 60% en la última década, y casi un 40% en los últimos cinco años. La gama ampliada diluyó su identidad, mientras que su transición hacia lo eléctrico avanza con lentitud y sin una estrategia clara.
La situación de Fiat en EE. UU. es aún más crítica. En 2024 apenas vendió 1.528 coches en todo el país, lo que prácticamente la deja fuera del mercado. La falta de fiabilidad, la caída global de ventas y la reducción drástica de concesionarios ponen en riesgo a los clientes actuales, que podrían quedarse sin piezas ni servicio.
El relanzamiento de Alfa Romeo en 2014 prometía devolver la pasión italiana a EE. UU., pero terminó convertido en un fracaso. Con menos de 20.000 unidades vendidas el último año y solo dos modelos envejecidos en catálogo, la marca arrastra problemas de fiabilidad y una red comercial débil. Muchos analistas creen que Stellantis podría dar por terminado este proyecto.
La división premium de Nissan, Infiniti, ha perdido casi la mitad de sus ventas en la última década. El cierre de concesionarios exclusivos y el fin de la producción de modelos como el QX50 y el QX55 en 2025 muestran la magnitud del problema. A pesar de los intentos de reposicionar la marca, su futuro parece cada vez más oscuro.
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