El Range Rover Electric demuestra que la llegada del coche eléctrico no obliga a reinventar la imagen de un modelo histórico. A simple vista, resulta difícil distinguirlo de un Range Rover con motor de combustión. La parrilla cerrada, las nuevas llantas y algunos cambios en los bajos son las principales diferencias. El perfil de tres líneas, el techo flotante y las proporciones tradicionales permanecen intactos. Gracias a estos ajustes, el coeficiente aerodinámico mejora en 0,01 y la autonomía en carretera aumenta hasta 10 millas.

Mantener ese diseño no ha sido sencillo. JLR dedicó alrededor de una década al desarrollo del Range Rover eléctrico y registró más de 300 patentes durante el proceso. La compañía también formó a miles de trabajadores y creó nuevas líneas para fabricar baterías y sistemas de propulsión eléctrica. El objetivo siempre fue el mismo: ofrecer un Range Rover eléctrico que siguiera pareciendo un Range Rover. Esa decisión contrasta con otros fabricantes que han utilizado el coche eléctrico para romper completamente con la estética de sus modelos tradicionales.
La clave está debajo de la carrocería. Un sistema eléctrico permite utilizar una arquitectura diferente a la de un vehículo con motor de combustión, pero Range Rover decidió adaptar esa tecnología a sus proporciones conocidas. El modelo emplea una arquitectura de 800 voltios, un sistema avanzado de gestión térmica y una batería de 118,5 kWh dividida en dos niveles. Así, la marca buscó mejorar la eficiencia sin alterar una silueta que sus clientes llevan décadas asociando con lujo, tecnología y capacidad todoterreno.
La estrategia tiene sentido si el diseño es realmente uno de los principales motivos de compra. Range Rover considera que la imagen exterior tiene un peso enorme en la decisión del cliente, por delante incluso de aspectos como la autonomía o el aprovechamiento del espacio. Por eso, el fabricante prefirió invertir en ingeniería para conservar la identidad del modelo. El sistema eléctrico cambia, pero la personalidad del Range Rover permanece. Esa puede ser una ventaja importante para convencer a compradores que todavía no se sienten atraídos por los diseños más radicales de algunos vehículos eléctricos.
Ferrari tomó una dirección muy diferente con su primer eléctrico. La marca italiana decidió que la nueva tecnología debía reflejarse también en el diseño y presentó un automóvil con una identidad claramente diferenciada. El planteamiento buscaba atraer a clientes que hasta ahora no formaban parte de su público tradicional. Sin embargo, la reacción inicial fue complicada. Las acciones de Ferrari sufrieron una caída importante después de la presentación y el debate se centró rápidamente en la apariencia del coche. La polémica terminó siendo parte de la presentación antes incluso de que comenzaran las entregas.

Ford ya había demostrado que mantener una identidad conocida podía funcionar con el F-150 Lightning. El pick-up eléctrico conservó prácticamente la misma imagen del F-150 de combustión y consiguió atraer a compradores que buscaban un vehículo eléctrico sin renunciar al concepto tradicional de una pick-up estadounidense. El modelo llegó a acumular unas 200.000 reservas, aunque posteriormente aparecieron problemas relacionados con el precio, la autonomía y la capacidad de remolque. La experiencia demuestra que conservar el diseño puede ayudar, pero no elimina las dificultades propias de la electrificación.
El Range Rover Electric tendrá que superar ahora un reto similar. Su precio de partida alcanza los 138.000 dólares, antes de los gastos adicionales, frente a los 113.300 dólares del Range Rover de combustión. También pesa 6.360 libras y su capacidad de remolque baja hasta 5.512 libras. La autonomía, el precio y el remolque serán cuestiones importantes para sus clientes. Sin embargo, existe una diferencia fundamental: las críticas se concentran en las características del vehículo y no en su propia identidad.
Ahí aparece la principal lección para Ferrari. Es mucho más fácil corregir el precio, la autonomía o las prestaciones de un coche que cambiar la percepción de su diseño. Range Rover ha elegido una evolución conservadora que permite reconocer el modelo desde lejos, mientras que Ferrari apostó por una transformación mucho más profunda. Ninguna estrategia garantiza el éxito, pero el caso del SUV británico demuestra que un vehículo eléctrico puede incorporar tecnología avanzada sin renunciar a la imagen que hizo famoso al modelo original.
El Range Rover Electric todavía tendrá que demostrar que su elevado precio y sus cifras justifican la compra cuando comiencen las entregas en 2027. Sin embargo, su planteamiento deja una idea muy clara para la industria: electrificar un automóvil no significa necesariamente cambiar su identidad. En una época en la que muchos coches eléctricos buscan llamar la atención con diseños radicales, Range Rover ha elegido el camino contrario. Y esa decisión podría convertirse en una de sus mayores fortalezas.
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