Venezuela Jeep Trail 2008, a lo rústico

Por quinta vez en Venezuela, la marca de 4x4 más famosa del mundo, ...
27/08/2008

Javier Fueyo

¿Qué es el 4×4?, ¿acaso un ejercicio en el que un individuo pleno de testosterona sale a toda velocidad en su todoterreno para pasar por encima de la naturaleza, a la que considera un mero obstáculo? Algunos piensan que esto es así y no se molestan en ver más allá de las cinematográficas tomas de la conquista de la naturaleza por el arrogante humano en su contaminante vehículo.

 

Ese no es el espíritu de la Aventura 4×4, en los inconmensurables terrenos de la Gran Sabana venezolana, en donde junto con un grupo de periodistas de Venezuela y Perú —AUTOMÓVIL fue el único medio colombiano invitado— tuvimos además la posibilidad de probar la Jeep Cherokee 2008 ensamblada localmente. Esta es la historia de un encuentro con la naturaleza.

 

DESTINO VENEZUELA

 

No hay muchos eventos que conmuevan a los integrantes de la redacción, pero justo cuando pensaba estar condenado a una semana de rutina citadina, recibí la llamada de Diego Speratti (Director de AUTOMÓVIL PANAMERICANO Colombia), en la que me preguntaba el estado de mis papeles migratorios —léase pasaporte— porque me esperaba un viaje de trabajo a Venezuela, país del cual poseía muy pocas referencias, a pesar de ser vecinos. Le contesté con una mentira blanca, diciéndole que sí tenía pasaporte, mientras colgaba el teléfono y me iba cómo una exhalación a realizar el trámite para sacarlo en un tiempo récord de 2 horas.

 

Luego de las diligencias correspondientes, de aplicarme la vacuna contra la fiebre amarilla y de llenar un cuestionario en el que me preguntaban si les tenía pánico a serpientes y arañas, tuve que esperar un par de días para recibir la confirmación de mi salida. Era bastante emocionante saber que Jeep era capaz de medir sus modelos en ambientes hostiles que auguran pocas posibilidades de supervivencia a otros todoterrenos. La marca tiene una gran reputación fuera del asfalto, y si lo pensamos bien, fue la que lo inició todo, porque antes de la Segunda Guerra Mundial no había vehículos construidos para salir de las calles adoquinadas de muchas ciudades. Jeep es el pionero de una pasión por dejar atrás la carretera que cada día crece más. La marca ha visto surgir una multitud de imitadores —la forma más sincera de halagar— que quieren compartir un poco de sus impresionantes credenciales.

 

DE PASO POR CARACAS

 

Venezuela es un lugar especial, y según sus habitantes, hay muchas más cosas que las unen con Colombia de las que las separan. Esto es muy cierto, tanto como la afirmación de que la diversidad natural del vecino país es casi indescriptible. Al bajar a la cena de bienvenida, me encontré con una delegación proveniente del Perú y mis primeras anfitrionas de Chrysler, Milka y Yoli, con quienes compartimos una agradable cena de mariscos durante la cual las conversaciones giraron acerca de nuestros vuelos, para luego darnos una noticia: debíamos salir temprano en la mañana siguiente del hotel, pues viajaríamos al estado Bolívar, hogar de la Gran Sabana, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1994 por la UNESCO, y en efecto así sucedió; unos 35 periodistas provenientes de todos los rincones de Venezuela abordaron con nosotros el avión que nos llevaría a Puerto Ordaz, la segunda parada técnica en la vía hacia nuestra aventura.

 

UNA MIRADA A LA CHEROKEE

 

Cuando pensábamos ir a recargar las energías gastadas por los trayectos aéreos, en una sala del aeropuerto nos recibió la delegación de Jeep y los representantes de la gobernación del estado, quienes tuvieron a bien deleitar nuestros incautos oídos con una sesión de calipso que terminó en un gran baile comunal: todos agarrados en trencito saltando al son de la percusión que saturaba nuestro entendimiento y nos incitaba a no detenernos hasta que los músicos se fueran.

 

En el trayecto al hotel, tuve tiempo para pensar acerca del vehículo que nos haría compañía en la aventura. Considerado un referente de lo que una SUV moderna debe ser, la Cherokee ha evolucionado mucho desde su debut en 1984. Lo que empezó como un humilde campero de chasis monocasco que perduró casi 20 años en el mercado, se consolidó como un vehículo robusto y aventurero que no sufrió mayores cambios en su plataforma XJ, a excepción de la inclusión de elementos de norma como los consabidos airbags, ABS, EBD y refuerzos estructurales. Fabricado en Estados Unidos y en China, este Jeep hizo méritos para convertirse en un ícono del 4×4. El mayor cambio sucedió en el 2002, cuando la plataforma KJ mostró una Cherokee más chata y de formas redondeadas que no gozó del éxito esperado. En respuesta a eso, la más moderna plataforma KK apareció en 2008 y con ese cambio también llegó el lavado de cara estético que lo hace parecer más compacto y moderno, ya que sus formas cuadradas evolucionaron a unos ángulos más suaves. En cuanto a la motorización, recibió un V6 PowerTech de 3,7 litros y un cuatro cilindros turbodiesel de 2,8 litros (en Colombia); estos se acoplan a una caja automática de 4 velocidades o a una mecánica de 5 con tracción integral Selec-Trac II que puede controlarse electrónicamente desde un interruptor en la cabina, un detalle novedoso de esta tercera generación.

 

Estos pensamientos técnicos me embargaron en el tiempo que duró el trayecto hasta el hotel, donde nos esperaba una sencilla rutina: instalación, comida, corta charla instructiva y la entrega de un equipo personal de supervivencia dadas las duras condiciones que nos esperaban. Luego tuvimos el tiempo suficiente para un pequeño tour de integración internacional hacia la hidroeléctrica del Caroní; allí pudimos apreciar cómo la energía del agua provee de electricidad a una región significativa del país.

 

Con nuestras mentes y cámaras llenas de saber energético y en un grupo cada vez más jocoso, retornamos al hotel tan sólo para recibir la noticia de nuestra partida: debíamos estar a las 11 de la noche con el equipaje necesario para emprender nuestro encuentro con la agreste naturaleza del Parque Nacional Canaima, tierra de la etnia pemón, cuyos ancestros habitaron esa gran extensión de tierra en tiempos prehispánicos. Semejante región es accesible por aire y por tierra, aunque nuestro campamento base en San Juan de Kamoiran obligaba a un acercamiento por tierra, para lo cual se dispuso de dos enormes y cómodos buses. Con lo que nadie contaba era con que el sueño brillaría por su ausencia.

 

 

 

UN ENCUENTRO ANSIADO

 

Al grupo en el que yo estaba incluido, le fue asignada la camioneta número 04: una Cherokee de color azul tapizada por completo de los emblemas de un programa de turismo y aventura a la cual se le notaba cierto trajín. Fui el primer conductor de esta máquina, por lo que pude ponerme más fácil a tono con las sensaciones e impresiones que me transmitía, no sin antes haberle hecho un examen superficial, recorriéndola de cabo a rabo, abriendo sus compuertas y analizando el espacio de carga conforme se iba llenando de maletas y neveras térmicas para comida. A su favor hay que decir que el espacio en la parte trasera es suficientemente amplio para cargar con varios morrales de aventurero más los enseres que requiera. Dicho espacio se aumenta de manera impresionante al abatir los respaldos de las sillas traseras, con lo que queda el campo suficiente para llenarlo con lo que la imaginación desee: desde unas tablas de surf hasta llantas de repuesto y otras piezas de repuesto si la salida es estilo Rally Raid.

 

El interior es agradable, aunque sus colores monótonos y los plásticos de las superficies no son algo que estimule mucho los sentidos; tal vez ese es uno de los puntos débiles de esta SUV: tiene demasiado plástico y sin acolchamiento alguno, algo que le resta puntos en cuanto a presentación se refiere.

 

Las cambiantes condiciones del camino incluían asfalto, tierra, grava, arena, barro, multitud de huecos e imperfecciones, piedra caliza y el antiguo lecho de un río. En ese apartado hay que mencionar el impecable comportamiento de su programa de estabilidad electrónica (ESP) y su control de tracción, que se encargaron de no dejarnos atrapados en las trampas de barro o en los inestables descensos de colinas. En estos terrenos fueron evidentes las bondades del Selec-Trac II, ya que hizo posible cambiar de tracción trasera a integral de manera imperceptible cuando salimos del asfalto, nada de detenerse para ejecutar onerosas acciones con el bajo. Los primeros 20 kilómetros hasta el Aeródromo de Luepa fueron cómodamente asfaltados, pero al entrar en la vía destapada, el interruptor eléctrico (con opciones 2WD, 4WD low y 4WD high) nos cambió a 4×4 tan sutilmente que parecía mentira, pues no hubo la más mínima variación en la marcha.

 

La dirección es suave, aunque sin dejar de ser lo suficientemente comunicativa como para informarle a su conductor acerca del estado del camino. La sensación de los pedales es algo confusa, e inicialmente cuesta un poco de trabajo conseguir una posición de crucero; a esto se suma la suavidad y el aislamiento de su motor V6 de 210 caballos y 32,4 kg-m de torque, que desarrolla unas muy saludables 4.000 rpm, ideales para franquear los 10 precarios puentes metálicos de la ruta. Así, tuvimos potencia a cada momento, y las constantes variaciones de altura exigieron toda la atención del motor, pues incluso vadeamos un gran charco con tanto ímpetu que terminamos por desprender la matrícula delantera, aunque estaba fijada con tornillos.

 

El trayecto entre el campamento base y el de Mantopai —destino final del día— constaba de 87,9 kilómetros, que recorrimos en la caravana a un promedio de velocidad de entre 30 y 40 km/h, admirando el imponente paisaje de llanuras y leves colinas que parecían no tener límites y abarcaban todo cuanto los ojos pudieran ver. El verde lo invadía todo, dándole un aire de paz y sosiego difícil de emular, y las 15 camionetas se veían como diligentes hormigas, pequeñas y delicadas ante la enorme extensión y poder de semejante naturaleza.

 

 

VICISITUDES DE CAMPAMENTO

 

La llegada al campamento fue totalmente inesperada, pues apareció de repente luego de un tramo empedrado lleno de árboles. Un portón de madera custodiado por un par de efectivos de la Guardia Nacional nos dio la bienvenida. A nuestra llegada un grupo de indígenas nos obsequiaron un baile de bienvenida y posteriormente nos dieron algunos regalos artesanales.

 

Un vistazo a nuestros aposentos: carpas con lo básico: un catre, bolsa de dormir y nada más. Luego reconocimos la ducha en forma del helado arroyo de lecho de piedra y arena del río Apongau y, más adelante, la sala de reunión, que constaba de una gran carpa abierta. Con semejante precariedad imaginé que debíamos cazar nuestra comida y cocinarla, en el marco de la aventura. Afortunadamente no fue así, y nos invitaron a relajarnos practicando yoga o en una sesión de masajes —a la cual asistí—. Luego de tan distensionante práctica tuvimos una reunión en la que nos informaron de las características principales de la Cherokee, su importante presencia en Venezuela y la carga simbólica en todos aquellos que buscan un todoterreno práctico y joven.

 

Debo decir que aunque el clima fue agradable y las incomodidades pocas —ni un solo insecto se dignó a molestarnos—, no dormí muy bien y mi  espalda fue la más afectada. Ese último percance lo solucionó el adecuado apoyo lumbar de la Cherokee cuando salimos del campamento.

 

Al despertar esperaba ver indígenas ocupados en su rutina, pero me informaron que su resguardo está un poco más lejos. De hecho, apenas terminaron su danza, se cambiaron de ropa y se fueron en su camioneta a casa. En lugar de eso, un desayuno y enseguida una clínica 4×4 para todos aquellos poco o nada versados en el correcto funcionamiento de los productos de Jeep. Allí nos enseñaron los vericuetos de los 9 tipos de sistemas de tracción disponibles según la transmisión escogida y luego un resumen histórico de la marca.

 

El helado baño en el río fue el siguiente protagonista, y más de uno pensó omitir esa rutina, seguida de un rato de esparcimiento y observación de su entorno, todavía virgen, tanto así que muy pocos seres humanos han puesto el pie allí y, por ende, son pocos los asentamientos que tuvimos oportunidad de ver.

 

NADA DURA PARA SIEMPRE

 

Llegaba el final y con él la charla de despedida de los organizadores, que tomó un tinte muy amistoso, ya que eso fue precisamente lo que todos querían: cultivar amigos y forjar camaradería, con espíritu aventurero incluido. Los autos pasaron a un segundo plano, pero luego volvimos a ellos a recorrer el camino de vuelta, no sin antes desviarnos hacía la pequeña villa de Iboribo, a través de un camino de arena permeada por minúsculos hilos de agua que buscaban el río, un terreno bastante flojo que exigía concentración, pues la arena y el agua son trampas de cuidado que pueden dejarte varado, como le sucedió a uno de los autos de la caravana, que recibió ayuda de otras camionetas ya que el hundimiento sobrepasó los límites de sus llantas de calle.

 

Solucionado ese único percance, subimos a unos botes en el embarcadero Aponwao y nos dirigimos hacia el salto del mismo nombre para apreciar toda su majestuosidad y tomar unas cuantas fotos. Algo notorio fue la ausencia casi total de lugareños; los pocos que había nos miraban con recelo, excepto algunos niños, quienes saludaban a la caravana.

Con el paso por el mirador de la catarata cerramos con broche de oro la travesía, aún más especial porque la Gran Sabana nos regaló un hermoso atardecer, mientras con nuestras Jeep surcábamos las vías de las planicies que desde Iboribo nos llevarían por el camino de regreso a San Juan de Kamoiran. El auto se comportó de maravilla, y se mostró lo suficientemente cómodo para que algunos integrantes de nuestra tripulación descansaran, porque teníamos en el horizonte el regreso hacia nuestros lugares de origen, además de un pensamiento en mente: cómo este Jeep Cherokee ha evolucionado para convertirse en un producto más citadino sin dejar de ser una máquina de trazar caminos.

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