Jaguar Land Rover atraviesa uno de los momentos estratégicos más delicados de los últimos años. La compañía ha decidido dar mayor flexibilidad a su gama de propulsión después de comprobar que la transición hacia el coche eléctrico no está avanzando al mismo ritmo en todos los mercados. La situación llega acompañada de un plan para reducir costes en 1.700 millones de libras y rebajar su punto de equilibrio hasta unas 300.000 unidades anuales, mientras mantiene una inversión de entre 15.000 y 18.000 millones de libras en cinco años destinada a electrificación, tecnologías digitales y fabricación avanzada.
El problema no es que JLR haya abandonado el coche eléctrico, sino que la estrategia necesita adaptarse a una demanda más irregular de lo previsto. La empresa anunció en junio que Range Rover, Defender y Discovery ofrecerán diferentes alternativas, desde sistemas mild-hybrid hasta híbridos, híbridos enchufables y eléctricos, mientras que Jaguar continuará con una estrategia exclusivamente eléctrica. Este giro supone reconocer que los clientes y los mercados están avanzando hacia la electrificación a velocidades diferentes.
Uno de los ejemplos más llamativos es el Range Rover Electric, cuyo lanzamiento se ha retrasado durante años y que finalmente ha comenzado a comercializarse en 2026. El SUV utiliza una batería de 118,5 kWh, arquitectura de 800 voltios y puede recuperar del 10 al 80 % de energía en unos 22 minutos con un cargador adecuado, mientras anuncia hasta 372 millas de autonomía WLTP. Sin embargo, su precio de partida en Reino Unido supera las 154.000 libras, lo que lo sitúa claramente en el territorio del lujo y limita el volumen potencial de compradores.
La cuestión se vuelve todavía más complicada ante la llegada de fabricantes chinos capaces de ofrecer vehículos eléctricos competitivos a precios considerablemente inferiores. JLR ha sufrido además el impacto de los aranceles estadounidenses, la caída de las ventas en China y las consecuencias de un ciberataque que interrumpió su producción. El resultado ha obligado al fabricante a anunciar ahora unos 4.000 recortes de empleo durante los próximos dos años, principalmente mediante bajas voluntarias entre trabajadores asalariados y puestos directivos.
La compañía británica no parece dispuesta a renunciar a sus planes de electrificación, pero sí a forzar una transición idéntica para todos sus mercados. Su estrategia actual contempla que Range Rover, Defender y Discovery combinen diferentes tecnologías de propulsión, mientras Jaguar mantiene su transformación como marca exclusivamente eléctrica. Al mismo tiempo, JLR prepara nuevos productos eléctricos, entre ellos el Range Rover Sport Electric y el nuevo Jaguar, dentro de una inversión tecnológica que pretende mantener a la compañía en el segmento del lujo.
El gran reto será comprobar si este cambio llega a tiempo para recuperar rentabilidad sin perder el terreno tecnológico frente a sus rivales. JLR ha entendido que apostar únicamente por el eléctrico no garantiza el éxito, pero tampoco puede permitirse quedarse atrás en una industria que continúa electrificándose. Su nueva estrategia de propulsión flexible puede ser precisamente el puente necesario para superar este periodo de transición, aunque los próximos lanzamientos y la respuesta de los compradores determinarán si el fabricante británico consigue convertir este costoso aprendizaje en una ventaja.