El Porsche 911 nació en 1963 con una configuración de motor trasero que, lejos de desaparecer con el paso de las décadas, se convirtió en una de sus principales señas de identidad. Los ingenieros de Stuttgart perfeccionaron generación tras generación su particular reparto de pesos, logrando una dirección, una frenada y una capacidad de tracción que requieren precisión por parte del conductor. El seis cilindros bóxer situado detrás del eje trasero también aportó un carácter sonoro y dinámico inconfundible. Su gran mérito fue demostrar que no siempre es necesario revolucionar un concepto para hacerlo mejor, ya que cada nueva generación aprovechó décadas de conocimiento acumulado.
Presentado en 1986 para cumplir con las exigencias de homologación de los campeonatos de turismos, el BMW M3 consiguió algo que parecía contradictorio: convertir una berlina compacta en una auténtica máquina de circuito sin perder su utilidad diaria. Con cada generación aumentaron la potencia, la rigidez estructural y la capacidad dinámica, pero se mantuvo la filosofía de poder utilizarlo tanto para ir al trabajo como para disfrutar de un tramo de curvas. Su origen directamente ligado a la competición explica buena parte de su carácter. El M3 convirtió la precisión deportiva en algo accesible para conductores que no necesitaban un superdeportivo.
El Mercedes-Benz 300SL, presentado en 1954, llevó la tecnología procedente de la competición a las carreteras con una solución tan espectacular como funcional: sus famosas puertas de apertura vertical nacieron debido al diseño de un ligero bastidor tubular cuyos largueros ocupaban una posición elevada en los laterales. Además, incorporó inyección mecánica de combustible en un automóvil de producción, una tecnología que permitió obtener un rendimiento muy superior al de muchos rivales de la época. En el 300SL, cada elemento respondía a una necesidad técnica, y precisamente esa combinación de pragmatismo e innovación terminó creando uno de los deportivos más reconocibles de la historia.
Cuando el Audi TT apareció en 1998, sorprendió porque conservaba buena parte de las formas geométricas que habían convertido al prototipo presentado dos años antes en una estrella de los salones del automóvil. Sus líneas limpias y proporciones compactas lo transformaron inmediatamente en un icono de diseño. Además, determinadas versiones incorporaron la conocida tracción quattro, proporcionando una notable capacidad de agarre. Su importancia no estuvo únicamente en las prestaciones, sino en demostrar que la precisión también podía expresarse mediante facilidad de control, estabilidad y confianza al volante.
El Porsche 356, producido desde 1948, fue el primer modelo de producción de la marca y estableció muchas de las bases que posteriormente definirían a Porsche. Su reducido peso, motor trasero y soluciones derivadas del Volkswagen Beetle permitieron conseguir una agilidad considerable sin recurrir a grandes cifras de potencia. Su filosofía era sencilla pero revolucionaria para la época: ganar velocidad mediante ligereza y equilibrio en lugar de depender exclusivamente de un motor poderoso. Esa filosofía ayudó a construir la identidad deportiva que Porsche mantiene décadas después.
El BMW Z3 llegó en 1995 como un moderno biplaza descapotable con proporciones clásicas, capó largo y tracción trasera. Sin embargo, su popularidad explotó incluso antes de que muchos compradores pudieran probarlo, ya que apareció junto a James Bond en una de sus películas. Fabricado en Carolina del Sur, también tuvo una importancia industrial especial para BMW al convertirse en su primer automóvil de pasajeros producido fuera de Alemania. Las versiones de seis cilindros añadieron prestaciones suficientes para convertirlo en algo más que un coche atractivo. Su combinación de dirección directa, propulsión trasera y carrocería abierta amplió el público de los deportivos alemanes.
El Porsche 944, producido desde 1982, rompió con la tradición del 911 al emplear un motor delantero y una transmisión situada en el eje posterior. Esta configuración transaxle permitió conseguir un reparto de pesos muy equilibrado y una respuesta especialmente neutral en curva. No necesitaba cifras de potencia descomunales para resultar rápido en una carretera revirada, porque su gran virtud estaba en la facilidad con la que permitía mantener velocidad entre curvas. El 944 demostró que una buena distribución de masas puede ser más importante que tener muchos caballos.
En 2010, el Mercedes-Benz SLS AMG recuperó uno de los rasgos más famosos del 300SL: las puertas de apertura vertical. Pero bajo esa estética retro escondía una concepción completamente moderna, con un enorme motor atmosférico delantero y la transmisión colocada en la parte trasera para mejorar el equilibrio. Además, fue especialmente importante para AMG porque representó el primer automóvil desarrollado desde cero por la división de altas prestaciones, en lugar de limitarse a modificar un modelo existente. Su comportamiento, sonido y diseño lo convirtieron en uno de los grandes superdeportivos alemanes de comienzos del siglo XXI.
El Audi R8, presentado en 2006, demostró que Ingolstadt podía competir directamente en el territorio de los superdeportivos con una propuesta mucho más fácil de utilizar en el día a día. Su motor central proporcionaba un excelente equilibrio, mientras que el habitáculo, los mandos y la entrega de prestaciones buscaban resultar accesibles para un público más amplio. Además, compartía buena parte de su arquitectura con el Lamborghini Gallardo. Con la tracción integral en determinadas versiones, el R8 consiguió que las prestaciones de un exótico pudieran convivir con la facilidad de uso de un automóvil convencional.
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