El Peugeot 205 T16 apenas compartía su apariencia con el 205 convencional. Con motor central turbo de 16 válvulas y tracción total, fue el arma definitiva de Peugeot en el Mundial de Rally, logrando títulos en 1985 y 1986. Las 200 unidades de calle fabricadas por Peugeot Talbot Sport lo convierten hoy en una pieza de colección absoluta.
El Ferrari F40 es uno de los superdeportivos más legendarios jamás creados. Diseñado por Pininfarina, combinaba materiales avanzados como kevlar y fibra de carbono con un V8 biturbo de 2.9 litros y 478 CV. Fue la respuesta de Ferrari a quienes criticaban la suavidad de sus modelos, ofreciendo una experiencia brutal y sin concesiones.
El Bugatti EB110 llevó la ingeniería a otro nivel con su V12 equipado con cuatro turbos. Bajo la dirección técnica de Nicola Materazzi, este superdeportivo alcanzaba hasta 612 CV en su versión SS y superaba los 350 km/h, posicionándose como uno de los coches más avanzados de su época.
El Buick GNX demostró que el turbo podía devolver la gloria a los muscle cars en plena era de restricciones. Su V6 turbo de 3.8 litros superaba ampliamente los 300 CV reales y permitía acelerar de 0 a 100 km/h en apenas 4,6 segundos, cifras que rivalizaban con deportivos mucho más exóticos.
El Porsche 959 fue una obra maestra tecnológica creada para homologar la participación en el Grupo B. Su motor bóxer biturbo de 2.8 litros entregaba 450 CV a las cuatro ruedas, alcanzando cerca de 320 km/h. Además, introdujo avances clave en tracción integral y electrónica que marcaron el futuro de Porsche.
El Alpina B7S Turbo redefinió el concepto de berlina rápida. Basado en el BMW Serie 5 E12, incorporaba un turbo KKK en su seis cilindros en línea, alcanzando hasta 330 CV y velocidades superiores a los 260 km/h, convirtiéndose en el sedán de cuatro puertas más rápido de su tiempo.
El Bentley Turbo R marcó el renacer de Bentley como marca deportiva. Gracias a un turbo Garrett, su V8 de 6.75 litros superaba los 300 CV, mejorando notablemente las prestaciones. A diferencia de modelos anteriores, también incorporaba mejoras en chasis y suspensión que lo hacían mucho más dinámico.
El Lancia Delta S4 fue uno de los coches más extremos del Grupo B. Su sistema combinaba turbo y compresor para eliminar el lag y maximizar la potencia. Mientras las versiones de calle rondaban los 250 CV, los coches de competición se acercaban a los 500 CV, convirtiéndolo en una auténtica bestia del rally.
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