El Porsche 928 marcó en 1977 el inicio de esta historia en los coches de producción gracias al sistema de dirección trasera pasiva conocido como Weissach Axle. A diferencia de las soluciones activas que llegarían años después, el sistema del gran turismo alemán funcionaba mediante una configuración pasiva del eje trasero. Su aparición convirtió al 928 en uno de los primeros ejemplos de cómo las ruedas posteriores podían contribuir al comportamiento dinámico del automóvil y abrió el camino para una tecnología que décadas después acabaría llegando a vehículos mucho más diversos.
En 1985, Nissan introdujo en Japón el primer sistema activo de dirección a las cuatro ruedas instalado en un coche de producción, utilizando el R31 Skyline. El modelo representa un momento clave porque la dirección trasera dejó de depender exclusivamente de una configuración pasiva y pasó a utilizar un sistema controlado activamente. Aquella tecnología sería posteriormente asociada a la evolución de los sistemas Super HICAS, convirtiendo al Skyline en una referencia fundamental dentro de la historia de la dirección en las ruedas traseras.
Honda también se sumó rápidamente a la tendencia y equipó al Prelude con un sistema de dirección a las cuatro ruedas en 1987. El coupé japonés se incorporó así a la creciente lista de modelos que buscaban mejorar su comportamiento mediante el movimiento de las ruedas posteriores. La tecnología situó al Prelude junto a otros deportivos y berlinas japoneses que durante aquella época experimentaron con diferentes formas de dirección trasera, aunque las características concretas del sistema podían variar según la versión y el mercado.
El GMC Hummer EV representa una de las aplicaciones modernas más llamativas de esta tecnología gracias a su conocido modo CrabWalk. El sistema permite que las ruedas traseras participen activamente en los movimientos del vehículo, convirtiendo una enorme pick-up eléctrica en un modelo mucho más maniobrable de lo que sus dimensiones podrían sugerir. Su enorme visibilidad ha convertido al Hummer EV en uno de los ejemplos recientes más conocidos de dirección trasera, demostrando que esta solución ya no pertenece únicamente a deportivos o berlinas de lujo.
Mazda llevó la dirección a las ruedas traseras a un formato más convencional cuando ofreció una versión de su sistema electrónico de dirección a las cuatro ruedas en el 626 y el MX-6 en 1988. La tecnología permitió trasladar esta solución tanto a una berlina como a su correspondiente coupé, demostrando que el sistema podía utilizarse en carrocerías diferentes. El caso del 626 también refleja la experimentación de los fabricantes japoneses durante los años 80 para conseguir vehículos más ágiles y precisos sin depender únicamente de la dirección del eje delantero.
General Motors llevó la dirección trasera al mundo de las grandes camionetas mediante el sistema Quadrasteer de Delphi, disponible en modelos como la Chevrolet Silverado y la GMC Sierra, además de los Suburban y Yukon. La tecnología permitió mejorar la maniobrabilidad de vehículos de grandes dimensiones y convertir las ruedas posteriores en un elemento activo de la dinámica. Sin embargo, su recorrido comercial fue relativamente breve y GM dejó de ofrecer Quadrasteer al finalizar el año modelo 2005, convirtiéndolo en una solución especialmente curiosa dentro de la historia de las pick-ups estadounidenses.
BMW incorporó en el Serie 7 E65 de 2001 un sistema opcional de dirección a las cuatro ruedas denominado Integral Active Steering. La solución permitía que las ruedas posteriores colaborasen con las delanteras para mejorar la maniobrabilidad de la gran berlina, especialmente teniendo en cuenta sus dimensiones. El hecho de que fuese un equipamiento opcional demuestra además cómo BMW comenzó a utilizar esta tecnología como un elemento destinado a aumentar tanto el confort como la sensación de agilidad de su modelo insignia.
Porsche llevó la tecnología un paso más allá en 2013, cuando convirtió la dirección trasera en equipamiento de serie del 911 Turbo. De esta forma, todos los compradores de esta versión de altas prestaciones recibían el sistema, que hasta entonces había estado limitado a determinadas configuraciones. La evolución desde el eje Weissach del 928 hasta el 911 Turbo muestra cómo una tecnología inicialmente experimental terminó convirtiéndose en una herramienta habitual para mejorar la agilidad y estabilidad de los deportivos modernos.
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