El Mazda RX-7 FD, fabricado entre 1992 y 2002, es uno de los deportivos más representativos de aquella década. Su principal característica era el singular motor rotativo, combinado con un peso contenido y un chasis pensado para ofrecer una conducción especialmente ágil. Su diseño bajo y agresivo también ayudó a convertirlo en un icono, mientras que su aceleración de 0 a 60 mph en poco más de cinco segundos demostraba que no era solo una cuestión de estética. Además, su trayectoria en competición reforzó la reputación de un modelo que todavía ocupa un lugar especial entre los aficionados.
El Nissan Skyline GT-R R32 llegó en 1989, pero fue durante los años 90 cuando se convirtió definitivamente en una leyenda. Su combinación del motor RB26DETT de seis cilindros en línea y doble turbo con el sistema de tracción integral ATTESA E-TS lo convirtió en una máquina especialmente competitiva. En las carreras del Grupo A, el GT-R comenzó a dominar y recibió el famoso apodo de «Godzilla», una denominación que reflejaba su capacidad para enfrentarse a rivales mucho más establecidos. Sus pasos de rueda ensanchados y su aerodinámica agresiva completaban una imagen que sigue influyendo en los deportivos modernos.
El Toyota Supra MK4, producido entre 1993 y 2002, es probablemente uno de los automóviles japoneses más reconocibles de los años 90. Bajo su capó podía encontrarse el legendario 2JZ-GTE de seis cilindros en línea, famoso tanto por su robustez como por su enorme potencial de preparación. La potencia declarada de fábrica alcanzaba los 276 CV en determinadas especificaciones, aunque los preparadores demostraron rápidamente que el motor podía soportar cifras muy superiores. Su diseño, el enorme alerón trasero y su aparición en películas como The Fast and the Furious terminaron de convertirlo en un icono de la cultura automovilística.
El Ford Mustang SVT Cobra representó durante los años 90 una de las expresiones más interesantes del muscle car estadounidense. Equipado con un potente V8 de 5,0 litros en sus primeras versiones, ofrecía una combinación de aceleración, sonido y carácter que difícilmente podía confundirse con un deportivo europeo o japonés. Las generaciones producidas durante los años 90 y principios de los 2000 mantuvieron la esencia del Mustang mientras incorporaban mejoras en suspensión y frenos. El resultado fue un coche capaz de desenvolverse tanto en carretera como en circuito y que todavía simboliza el espíritu de los deportivos americanos de aquella época.
El Porsche 911 993, fabricado entre 1994 y 1998, es uno de los modelos más apreciados por los coleccionistas. Muchos aficionados lo consideran el último 911 de la era clásica, antes de que Porsche introdujera cambios importantes en las generaciones posteriores. Su diseño de formas redondeadas, junto con sus característicos faros, le otorgó una personalidad propia. Los motores bóxer de seis cilindros ofrecían un equilibrio entre prestaciones y eficiencia, mientras que la incorporación del sistema Varioram permitió mejorar la respuesta del propulsor en diferentes regímenes. Su comportamiento y su diseño atemporal han hecho que el 993 se convierta en uno de los 911 más deseados.
El Chevrolet Corvette C4, producido entre 1984 y 1996, protagonizó una importante evolución dentro de la historia del deportivo estadounidense. Su carrocería aerodinámica y el uso de materiales como la fibra de vidrio y el aluminio ayudaron a reducir el peso y mejorar sus prestaciones. En 1992 llegó el motor LT1, que proporcionó un importante incremento de potencia y permitió al Corvette enfrentarse con mayor solvencia a deportivos europeos. También incorporó soluciones avanzadas para su época, como instrumentación digital y una suspensión sofisticada. El C4 representa así el momento en que el Corvette comenzó a combinar de forma especialmente clara tradición americana y tecnología moderna.
El Subaru Impreza WRX STI apareció en 1994 y rápidamente se convirtió en uno de los nombres más respetados del mundo de los rallyes. Su receta combinaba un motor bóxer turboalimentado, tracción integral y una puesta a punto específica de suspensión y frenos, creando un automóvil capaz de ofrecer prestaciones en prácticamente cualquier condición. Su enorme alerón trasero y su estética agresiva terminaron convirtiéndose en elementos característicos. Pero fue su éxito en el Campeonato Mundial de Rally lo que realmente construyó su leyenda y lo transformó en uno de los coches de competición homologados para carretera más deseados por los aficionados.
El Mitsubishi Eclipse GSX, fabricado entre 1995 y 1999, completó esta época dorada con una fórmula especialmente atractiva para los conductores jóvenes. Su motor 2.0 turboalimentado de cuatro cilindros estaba asociado a un sistema de tracción integral que proporcionaba un comportamiento mucho más deportivo que el de un compacto convencional. Además, su enorme potencial de preparación permitió a los aficionados aumentar considerablemente sus prestaciones mediante modificaciones. Su presencia en la cultura del tuning, las carreras callejeras y diferentes producciones audiovisuales terminó convirtiendo al Eclipse en uno de los símbolos de la cultura automovilística de los años 90.
El Honda Civic Type R EK9, presentado en 1997, cambió la percepción que muchos aficionados tenían de los compactos deportivos. Su motor atmosférico de 1,6 litros con tecnología VTEC desarrollaba 185 CV, una cifra especialmente destacable teniendo en cuenta el reducido peso del vehículo. La combinación de una carrocería ligera, una suspensión puesta a punto para ofrecer precisión y un motor capaz de girar a un régimen elevado convirtió al EK9 en uno de los compactos más divertidos de su generación. Su orientación hacia la conducción deportiva y su herencia de competición explican que siga siendo considerado una referencia entre los hot hatch.
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