El Nissan 350Z es un coupé puro, sin artificios. Su motor V6 de 3.5 litros y tracción trasera ofrecen una conducción directa y divertida. Rápido y accesible, es una de las mejores relaciones precio-prestaciones de su época.
El Ford Mustang SVT Cobra incorporaba un V8 sobrealimentado con gran potencia y, por primera vez, suspensión trasera independiente. Aun así, quedó eclipsado por versiones posteriores más mediáticas.
El Chevrolet Corvette C5 combinaba ligereza, equilibrio y un potente V8 LS1. Aunque el C6 se llevó la fama, el C5 sigue siendo una opción muy capaz y más accesible.
El Mazda RX-8 apostó por un motor rotativo único y una distribución de peso perfecta. Su comportamiento dinámico es brillante, aunque su mantenimiento lo ha penalizado en reputación.
Los Subaru BRZ y Toyota 86 priorizan la diversión sobre la potencia. Con tracción trasera y bajo peso, destacan en carreteras reviradas más que en cifras puras.
El Dodge Neon SRT-4 fue un compacto sorprendentemente rápido gracias a su motor turbo. Ligero y agresivo, es uno de los “sleepers” más olvidados de su generación.
El Pontiac GTO ofrecía potencia V8 y tracción trasera, pero su diseño discreto le jugó en contra. Bajo esa apariencia se escondía un auténtico muscle car.
El BMW Z4 M es uno de los deportivos más puros de la marca. Su motor seis cilindros y chasis ágil lo convierten en una máquina perfecta para conducción deportiva.
El Nissan 240SX ganó fama con los años, especialmente en el drifting. Ligero, simple y con tracción trasera, es ideal para quienes valoran el control y la técnica.
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