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Un gigante japonés vende su propia sede tras perder 11.200 millones: 20.000 empleos en riesgo

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Las cifras reflejan el tamaño del problema. En 2017, Nissan vendía alrededor de 1,6 millones de vehículos en Estados Unidos, pero para 2024 esa cifra cayó hasta 924.000 unidades, una caída cercana al 42 %. La cuota de mercado descendió por debajo del 6 %, un nivel que no se veía desde 1997. A comienzos de 2025, además, fracasaron las conversaciones de fusión con Honda cuando la compañía japonesa exigió que Nissan se convirtiera en su filial, algo que Nissan rechazó. Sin acuerdo y sin un socio fuerte, la empresa quedó expuesta a una situación financiera cada vez más delicada.Durante décadas se asumió que la excelencia industrial japonesa garantizaba competitividad global. Nissan construyó gran parte de su identidad en esa reputación. Sin embargo, la irrupción de fabricantes chinos de vehículos eléctricos como BYD, XPeng y Nio ha cambiado el panorama. Estas empresas han logrado escalar su producción con costes mucho más bajos, debilitando la ventaja tradicional de los fabricantes japoneses. Mientras tanto, la histórica alianza de Nissan con Renault comenzó a fragmentarse, con cada socio buscando nuevos acuerdos por separado.El golpe más simbólico llegó cuando Renault decidió registrar una pérdida contable de 9.300 millones de euros sobre su participación en Nissan, equivalente a unos 10.900 millones de dólares. Con ese movimiento, el fabricante francés prácticamente declaró sin valor su inversión en la alianza de 26 años. Poco después, Nissan anunció una previsión de pérdidas de 4.200 millones de dólares para el ejercicio fiscal 2026, lo que provocó que las principales agencias de calificación rebajaran su deuda a categoría especulativa o “bono basura”.Las decisiones recientes del nuevo CEO, Iván Espinosa, muestran hasta qué punto la empresa intenta sobrevivir. Nissan canceló un proyecto de 1.100 millones de dólares para construir una planta de baterías para vehículos eléctricos en la isla de Kyushu. Al mismo tiempo, abrió conversaciones con Foxconn para fabricar vehículos eléctricos en su planta de Oppama. Esta estrategia refleja un cambio profundo: en lugar de desarrollar y producir todo internamente, Nissan podría pasar a depender cada vez más de socios externos para fabricar sus propios vehículos.El plan de rescate incluye recortar 20.000 puestos de trabajo, aproximadamente el 15 % de la plantilla global, además del cierre de 7 de sus 17 fábricas en el mundo. La compañía también busca emitir cerca de 5.000 millones de dólares en nueva deuda, incluyendo bonos convertibles. Debido a su calificación crediticia deteriorada, los intereses podrían costarle entre 250 y 400 millones de dólares al año, lo que añade más presión a sus finanzas.Las consecuencias no se limitan a Nissan. Miles de proveedores que dependen del volumen de producción del fabricante podrían enfrentar una fuerte caída en sus ingresos. Concesionarios y distribuidores también se enfrentan a incertidumbre sobre el futuro de la marca si termina siendo adquirida o fragmentada. Incluso grandes proveedores japoneses de componentes como Denso o Aisin podrían ver reducidos sus márgenes si Nissan reduce pedidos o cambia su estrategia industrial.Las declaraciones del propio CEO fueron reveladoras: admitió que para fabricantes del tamaño de Nissan “cada vez es más difícil seguir siendo relevantes”. En Japón, donde históricamente las ventas o adquisiciones de grandes empresas se consideraban un fracaso institucional, esa afirmación marca un cambio cultural importante. La posibilidad de que una marca histórica pueda ser vendida abre la puerta a que otras compañías japonesas en dificultades sigan el mismo camino.El tiempo juega en contra. Si Nissan no logra mejorar su rentabilidad en el ejercicio fiscal 2026, los acreedores podrían exigir la venta de activos para asegurar la deuda. Además, la compañía necesita cerrar rápidamente su emisión de bonos para mantener liquidez. Según sus propias previsiones, el flujo de caja solo alcanzaría hasta septiembre de 2027. Después de esa fecha, sin un socio estratégico o una recuperación inesperada, el futuro independiente de la marca podría quedar en duda.Un gigante japonés vende su propia sede tras perder 11.200 millones: 20.000 empleos en riesgo

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Curador: Marcelo LagosMarcelo Lagos

Las cifras reflejan el tamaño del problema. En 2017, Nissan vendía alrededor de 1,6 millones de vehículos en Estados Unidos, pero para 2024 esa cifra cayó hasta 924.000 unidades, una caída cercana al 42 %. La cuota de mercado descendió por debajo del 6 %, un nivel que no se veía desde 1997. A comienzos de 2025, además, fracasaron las conversaciones de fusión con Honda cuando la compañía japonesa exigió que Nissan se convirtiera en su filial, algo que Nissan rechazó. Sin acuerdo y sin un socio fuerte, la empresa quedó expuesta a una situación financiera cada vez más delicada.
Durante décadas se asumió que la excelencia industrial japonesa garantizaba competitividad global. Nissan construyó gran parte de su identidad en esa reputación. Sin embargo, la irrupción de fabricantes chinos de vehículos eléctricos como BYD, XPeng y Nio ha cambiado el panorama. Estas empresas han logrado escalar su producción con costes mucho más bajos, debilitando la ventaja tradicional de los fabricantes japoneses. Mientras tanto, la histórica alianza de Nissan con Renault comenzó a fragmentarse, con cada socio buscando nuevos acuerdos por separado.
El golpe más simbólico llegó cuando Renault decidió registrar una pérdida contable de 9.300 millones de euros sobre su participación en Nissan, equivalente a unos 10.900 millones de dólares. Con ese movimiento, el fabricante francés prácticamente declaró sin valor su inversión en la alianza de 26 años. Poco después, Nissan anunció una previsión de pérdidas de 4.200 millones de dólares para el ejercicio fiscal 2026, lo que provocó que las principales agencias de calificación rebajaran su deuda a categoría especulativa o “bono basura”.

Las decisiones recientes del nuevo CEO, Iván Espinosa, muestran hasta qué punto la empresa intenta sobrevivir. Nissan canceló un proyecto de 1.100 millones de dólares para construir una planta de baterías para vehículos eléctricos en la isla de Kyushu. Al mismo tiempo, abrió conversaciones con Foxconn para fabricar vehículos eléctricos en su planta de Oppama. Esta estrategia refleja un cambio profundo: en lugar de desarrollar y producir todo internamente, Nissan podría pasar a depender cada vez más de socios externos para fabricar sus propios vehículos.
El plan de rescate incluye recortar 20.000 puestos de trabajo, aproximadamente el 15 % de la plantilla global, además del cierre de 7 de sus 17 fábricas en el mundo. La compañía también busca emitir cerca de 5.000 millones de dólares en nueva deuda, incluyendo bonos convertibles. Debido a su calificación crediticia deteriorada, los intereses podrían costarle entre 250 y 400 millones de dólares al año, lo que añade más presión a sus finanzas.
Las consecuencias no se limitan a Nissan. Miles de proveedores que dependen del volumen de producción del fabricante podrían enfrentar una fuerte caída en sus ingresos. Concesionarios y distribuidores también se enfrentan a incertidumbre sobre el futuro de la marca si termina siendo adquirida o fragmentada. Incluso grandes proveedores japoneses de componentes como Denso o Aisin podrían ver reducidos sus márgenes si Nissan reduce pedidos o cambia su estrategia industrial.

Las declaraciones del propio CEO fueron reveladoras: admitió que para fabricantes del tamaño de Nissan “cada vez es más difícil seguir siendo relevantes”. En Japón, donde históricamente las ventas o adquisiciones de grandes empresas se consideraban un fracaso institucional, esa afirmación marca un cambio cultural importante. La posibilidad de que una marca histórica pueda ser vendida abre la puerta a que otras compañías japonesas en dificultades sigan el mismo camino.
El tiempo juega en contra. Si Nissan no logra mejorar su rentabilidad en el ejercicio fiscal 2026, los acreedores podrían exigir la venta de activos para asegurar la deuda. Además, la compañía necesita cerrar rápidamente su emisión de bonos para mantener liquidez. Según sus propias previsiones, el flujo de caja solo alcanzaría hasta septiembre de 2027. Después de esa fecha, sin un socio estratégico o una recuperación inesperada, el futuro independiente de la marca podría quedar en duda.


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