Entre Los Cabos y Todos Santos hay poco más de una hora de manejo por la carretera 19, derechito por la costa del Pacífico. Nosotros llegamos casi cinco horas después.
La ruta la eligió Volkswagen. Al día siguiente de presentar el nuevo Taigun, Volkswagen armó un itinerario que multiplicaba por cuatro el tiempo de traslado: subir por San José del Cabo, cruzar la sierra rumbo a La Paz y bajar después al Pacífico. Carretera angosta, curvas encadenadas, ascensos, descensos y poquísimo tramo recto donde descansar el volante.
Fue una decisión valiente de su parte. Ese tipo de camino desnuda a un auto en menos de dos horas.

El trazo de la carretera federal 1 entre San Antonio y El Triunfo es de los que no perdonan. Sube, baja, se cierra sin aviso y carece de acotamiento en buena parte del recorrido. Los cardones se asoman al filo del asfalto y los camiones aparecen en las curvas ciegas con una puntualidad casi cómica.
Ahí no hay dónde esconderse. Un auto ruidoso se vuelve insoportable a la tercera hora. Un asiento mal diseñado empieza a doler antes del cruce con La Paz. Una suspensión mal calibrada convierte cada bache en una discusión.
El calor de agosto en Baja California Sur agrega su propia dosis de exigencia: el aire acondicionado trabajando a media fuerza durante toda la jornada, con el sol pegando de lleno sobre el techo panorámico.

Lo primero que se nota, y lo que más se agradece a la hora cuatro, es el silencio.
Un motor de tres cilindros vibra por naturaleza. La física es tozuda: con un cilindro impar, el equilibrio nunca es perfecto, y esa es la razón por la que muchos autos pequeños suenan a lata cuando uno acelera de verdad.
En el Taigun, el ruido llega filtrado, contenido, convertido en un zumbido lejano que solo aparece cuando se pisa a fondo.
Eso no es magia. Es dinero. Sellos de puerta dobles, aislamiento bajo la alfombra, cristales de mayor espesor, refuerzos en los pasos de rueda.
Nada de eso aparece en una ficha técnica ni se presume en una publicación de redes sociales, y por eso muchas marcas prefieren invertir el mismo dinero en una pantalla más grande.
A 110 kilómetros por hora se puede conversar sin levantar la voz. Ese detalle, aburridísimo de escribir y difícil de fotografiar, es exactamente donde se justifica el precio.

La otra sorpresa vino de la transmisión. El motor sigue siendo el mismo 1.0 TSI turbo de 114 caballos, con 132 libras-pie de torque disponibles desde las 1,750 revoluciones, aunque ahora trabaja con ocho velocidades en lugar de seis.
Dos relaciones extra cambian el carácter del auto en carretera. A velocidad de crucero, el motor gira bajo, relajado, casi sin enterarse de que está trabajando. En los ascensos de la sierra la caja baja dos marchas con suavidad, sin ese jaloneo que delata a las transmisiones baratas, y devuelve el empuje justo donde se necesita.
El resultado se lee en el consumo. Volkswagen homologa 22 km/l en carretera, y una ruta como la de Baja -sostenida, con velocidad constante y poco tráfico- es precisamente el escenario donde ese número deja de ser teoría.
En los descensos largos, las paletas de cambio de la versión GT permiten retener marcha y descansar el freno. Un recurso que en ciudad se usa poco y en sierra se agradece bastante.

Bajarse de un auto después de cinco horas y no sentir la espalda entumida es una prueba que muchos SUV de este precio reprueban.
Los asientos delanteros del Volkswagen Taigun 2026 sostienen bien el cuerpo en las curvas encadenadas, con un soporte lateral discreto que no aprieta. El cojín tiene la longitud correcta para muslos largos, detalle que suena menor hasta que uno maneja tres horas seguidas sin él.
La posición de manejo ayuda. El volante ajusta en altura y profundidad, algo que en este segmento todavía no es universal, así que encontrar el punto exacto toma treinta segundos.
En la versión GT, el techo panorámico corredizo suma luz sin sumar calor gracias a la cortinilla eléctrica. Con el sol de agosto pegando vertical, esa cortinilla se usó todo el camino.

La pantalla de 10 pulgadas semiflotante se lee con claridad incluso con el sol del desierto entrando de lado. La resolución es buena, los iconos son grandes y el sistema responde sin retraso al toque.
Enfrente del conductor, el cuadro de instrumentos digital muestra lo esencial sin saturar. La navegación se puede proyectar ahí, entre los dos relojes, y en una carretera desconocida ese acomodo evita apartar la vista del camino.
El App-Connect inalámbrico funcionó sin cables durante toda la jornada, y el cargador de inducción mantuvo el teléfono con batería pese a la señal intermitente de la sierra, que es lo que realmente consume la pila.

Ningún auto es perfecto, y este tiene un lunar identificable con la mano.
Los plásticos de los paneles de puerta son duros al tacto y desentonan con el resto del conjunto. Uno viene disfrutando el volante forrado en piel, las vestiduras en leatherette, las costuras rojas y la iluminación ambiental, apoya el codo en la puerta y la sensación se rompe.
Es un detalle de costos, comprensible en el segmento, aunque se nota más precisamente porque todo lo demás está bien resuelto. En un auto mediocre pasaría inadvertido.
Al llegar a Todos Santos, con el pueblo lleno de galerías y hoteles boutique, la conversación entre colegas giró hacia el mismo punto: qué ofrece la competencia por 475,990 o 501,990 pesos.
La respuesta incomoda un poco. Varios rivales entregan más pantallas, más caballos y más asistentes electrónicos por ese dinero. Ninguno entrega esta sensación de auto sólido, silencioso y bien armado.
El Volkswagen Taigun 2026 juega en una liga distinta a la de las listas de equipamiento. Se ve, se siente y se maneja como un producto de categoría superior, y esa percepción se construye con ingeniería cara que no cabe en un comparativo de columnas.

Toda esta crónica sucede a nivel del mar. Baja California Sur es generosa con los motores: aire denso, oxígeno de sobra, turbo trabajando cómodo.
El examen verdadero llegará en el altiplano. A los 2,240 metros de la Ciudad de México, un motor pequeño pierde parte de su empuje, aunque los turbo compensan mejor que los atmosféricos por su capacidad de comprimir aire enrarecido. Habrá que verlo con cinco ocupantes, cajuela llena y una rampa larga enfrente.
Mientras llega esa prueba, el saldo de las cinco horas entre Los Cabos y Todos Santos deja una conclusión clara. El refinamiento cuesta, se paga y se nota, sobre todo cuando el camino decide alargarse.
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