La quinta generación del Toyota GR Supra es uno de los ejemplos más conocidos de colaboración entre dos fabricantes que, sobre el papel, compiten en segmentos muy diferentes. Su versión de seis cilindros utiliza un motor 3.0 turboalimentado de origen BMW, con una potencia que llegó a los 382 CV en determinadas especificaciones, el mismo propulsor asociado al BMW Z4.
La relación entre ambos modelos va mucho más allá del motor. El Supra y el Z4 fueron desarrollados conjuntamente y comparten buena parte de su arquitectura, mientras que Toyota se encargó de definir su puesta a punto y personalidad dinámica. Además, ambos salen de la misma fábrica de Magna Steyr en Austria, un detalle que demuestra hasta qué punto llegó el acuerdo.
El Subaru BRZ comparte una de las fórmulas más interesantes del mercado con el Toyota GR86. Ambos utilizan un motor bóxer atmosférico de cuatro cilindros y 2,4 litros desarrollado por Subaru, combinado con tracción trasera y una filosofía centrada en el placer de conducción.
La colaboración entre Subaru y Toyota se mantiene desde la primera generación de estos deportivos. Subaru asumió gran parte del desarrollo mecánico y la fabricación, mientras Toyota participó en el diseño, la puesta a punto y la comercialización. El resultado es una pareja de deportivos prácticamente hermanos que han demostrado que compartir tecnología no significa tener que renunciar a una personalidad propia.
El Aston Martin DB11 V8 esconde una sorpresa importante bajo su elegante carrocería. En lugar de utilizar exclusivamente motores desarrollados por Aston Martin, esta versión incorpora un V8 biturbo de Mercedes-AMG, con una potencia de 510 CV, procedente de la tecnología del fabricante alemán.
La elección permitió a Aston Martin disponer de un propulsor moderno y potente sin asumir por completo los enormes costes de desarrollar una mecánica de este tipo desde cero. Además, el V8 contribuyó a reducir el peso respecto al V12. Es una combinación curiosa: un sofisticado deportivo británico con un corazón alemán de alto rendimiento.
El Lotus Evora demuestra que un motor pensado para un turismo puede adquirir una personalidad completamente diferente cuando se instala en un deportivo ligero. Detrás de los asientos encontramos el V6 3.5 de Toyota 2GR-FE, una familia de motores que también llegó a utilizarse en modelos tan alejados de Lotus como el Toyota Camry.
La clave estuvo en la filosofía de Lotus. En lugar de centrarse únicamente en la potencia del propulsor, la marca británica utilizó un chasis de aluminio ligero y una puesta a punto específica de suspensiones para transformar aquella mecánica fiable en el corazón de un auténtico deportivo. Es uno de los mejores ejemplos de cómo un motor convencional puede adquirir otra dimensión en el coche adecuado.
El Chrysler Crossfire fue uno de los frutos más curiosos de la época de DaimlerChrysler. El deportivo estadounidense utilizaba el V6 Mercedes-Benz M112 de 3,2 litros, una mecánica estrechamente relacionada con la empleada en el Mercedes-Benz SLK de aquella generación.
Pero la conexión no terminaba en el motor. El Crossfire aprovechaba buena parte de la arquitectura, suspensión y componentes mecánicos procedentes del SLK, aunque recibió un diseño exterior propio para diferenciarlo dentro de la gama Chrysler. Además, su producción se llevó a cabo en Alemania, en las instalaciones de Karmann, lo que convirtió al Crossfire en una mezcla muy poco habitual de ingeniería alemana y diseño americano.
Durante la época de DaimlerChrysler también apareció otra combinación inesperada. El Jeep Grand Cherokee CRD de la generación WK podía equipar el motor turbodiésel V6 3.0 OM642 de Mercedes-Benz, una mecánica conocida por su elevado par y su utilización en numerosos modelos de la firma alemana.
Para Jeep, recurrir a este propulsor suponía disponer de una alternativa diésel moderna y con buenas prestaciones para el mercado europeo. El motor encajaba especialmente bien con la filosofía del Grand Cherokee gracias a su abundante par a bajas revoluciones. Así, un SUV estadounidense terminó utilizando una de las mecánicas diésel más reconocibles de Mercedes-Benz.
El Pontiac Vibe es probablemente uno de los ejemplos más curiosos de esta lista porque la colaboración llegó prácticamente hasta el último tornillo. Fabricado entre 2002 y 2010, el Vibe compartía arquitectura y motores desarrollados por Toyota con el Toyota Matrix, aunque llevaba una carrocería y una identidad visual propias.
Los dos modelos incluso se fabricaban en la misma planta de NUMMI en Fremont, California, una instalación fruto de la colaboración entre General Motors y Toyota. Para Pontiac, el acuerdo permitía ofrecer un compacto práctico y eficiente aprovechando tecnología japonesa ya probada. En esencia, el Vibe era un Toyota con personalidad Pontiac, una fórmula que hoy resulta difícil de imaginar.
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