El Citroën DS de 1955 llegó al mercado como uno de los automóviles más avanzados de su época, aunque sus primeros meses estuvieron marcados por numerosos problemas de fiabilidad y calidad. Su diseño futurista, la suspensión hidroneumática y la tecnología empleada estaban muy por delante de lo habitual, pero las primeras unidades sufrieron fallos que dañaron rápidamente su reputación. Sin embargo, Citroën fue solucionando buena parte de esos problemas y el DS se convirtió en un coche mucho más sólido durante la década de 1960, hasta convertirse en uno de los grandes iconos de la historia del automóvil.
El Renault Dauphine de 1956 arrastra desde hace décadas una reputación especialmente negativa entre los aficionados a los clásicos, pero muchas de las críticas que recibe están exageradas. No era un deportivo y su motor trasero no ofrecía unas prestaciones espectaculares, aunque su rendimiento era comparable al de otros pequeños utilitarios de la época, como el Fiat 600. El óxido fue uno de sus grandes enemigos, pero no fue un problema exclusivo del Dauphine, ya que incluso modelos mucho más caros y prestigiosos sufrían la corrosión. Su sencillez mecánica y su importancia histórica hacen que merezca una mirada más justa.
El Chevrolet Corvair se convirtió en uno de los coches más controvertidos de Estados Unidos después de que Ralph Nader lo calificara de inseguro en su famoso libro de 1965. La polémica se centró especialmente en su suspensión trasera de eje oscilante, aunque este sistema solo correspondía a los Corvair de primera generación fabricados entre 1960 y 1964. Además, no era una solución exclusiva del modelo: coches tan importantes como el Volkswagen Beetle y el Porsche 356 también empleaban sistemas de eje oscilante. La fama del Corvair quedó marcada para siempre por aquella controversia, aunque su diseño y su configuración mecánica siguen siendo especialmente interesantes.
El NSU Ro80 de 1967 fue uno de los coches más innovadores de su generación y llegó a ser elegido Coche del Año en Europa en 1968, imponiéndose con claridad a rivales como el Fiat 125 y el Simca 1100. Su motor Wankel de dos rotores, su diseño aerodinámico y su transmisión semiautomática lo situaban a años luz de muchos competidores. El problema llegó con las primeras unidades, cuyos motores sufrieron fallos catastróficos relacionados principalmente con los sellos del rotor. La innovación tecnológica del Ro80 quedó injustamente eclipsada por sus problemas iniciales, aunque su importancia histórica es indiscutible.
El Range Rover original suele aparecer injustamente asociado a la vieja idea de que todos los coches británicos son frágiles y problemáticos. Aunque estos modelos pueden sufrir óxido, fugas de aceite y problemas derivados de la edad, su mecánica es relativamente sencilla y muchos de sus fallos pueden solucionarse sin una complejidad extrema. Además, una parte importante de los problemas que aparecen en unidades antiguas está relacionada con años de mantenimiento deficiente o abandono por parte de sus propietarios. El primer Range Rover fue, ante todo, un todoterreno robusto y revolucionario que combinaba capacidades fuera del asfalto con un nivel de confort inédito para la época.
El AMC Pacer fue uno de los coches más extraños de la industria estadounidense, con una carrocería corta, ancha y redondeada que rompía completamente con las tendencias de los años setenta. Sin embargo, detrás de su peculiar apariencia había soluciones muy interesantes, como una puerta trasera del lado del pasajero más larga para facilitar el acceso a las plazas posteriores. El Pacer intentó crear un nuevo concepto de automóvil compacto y no se limitó a seguir las fórmulas tradicionales, además de ofrecer una variante familiar. Precisamente por ser diferente a todo lo demás, hoy merece ser redescubierto.
El Triumph TR7 fue presentado como un coche que debía salvar a la marca británica, pero los problemas de calidad de fabricación de las primeras unidades dañaron rápidamente su imagen. Su diseño en forma de cuña era radical para la época y el modelo abandonó el tradicional motor de seis cilindros en línea del TR6 en favor de un cuatro cilindros de 2,0 litros. La mala reputación inicial del TR7 sí tuvo una base real, pero la situación mejoró con el tiempo, especialmente cuando se solucionaron algunos de sus problemas de fabricación. Hoy es una pieza muy interesante para entender la transición de los deportivos británicos hacia una nueva era.
El Alfa Romeo GTV6 sigue pagando la fama histórica de los problemas de fiabilidad asociados a algunos modelos clásicos de la marca italiana. Sin embargo, los ejemplares que han recibido un mantenimiento adecuado pueden ser mucho más sólidos de lo que muchos coleccionistas creen. Presentado en 1979, el GTV6 incorporó una mejor protección contra la corrosión que el Alfetta del que derivaba y contaba con un motor V6 de gran carácter y una reputación mecánica más sólida de lo que suele reconocerse. El mantenimiento es clave, pero eso también ocurre con muchos otros clásicos europeos de alto rendimiento.
El Lada Riva se convirtió durante décadas en objeto de bromas por su calidad de fabricación y su imagen austera, pero su reputación no cuenta toda la historia. El modelo era una evolución del Lada 2101, basado a su vez en el Fiat 124 y reforzado para soportar las duras condiciones de las carreteras soviéticas. No era un ejemplo de lujo ni de refinamiento, pero sí resultaba más robusto de lo que muchos aficionados occidentales suelen recordar. Su sencillez mecánica y su capacidad para sobrevivir en condiciones difíciles explican por qué todavía existen unidades que siguen funcionando décadas después.
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