El Pontiac Fiero apostó por una configuración de motor central en un deportivo americano relativamente asequible, una solución especialmente ambiciosa para General Motors. Su estructura de bastidor espacial y su diseño diferenciado le daban argumentos para triunfar, pero los problemas mecánicos de las primeras unidades dañaron su imagen desde el principio. Las versiones posteriores mejoraron considerablemente y demostraron que el concepto tenía potencial, aunque para entonces la reputación del Fiero ya estaba demasiado perjudicada.
El Subaru SVX combinó un motor bóxer de seis cilindros, tracción integral y una de las carrocerías más originales de los años noventa. Su característica superficie acristalada y su orientación de gran turismo lo diferenciaban de prácticamente cualquier otro coupé de la época. El problema fue su elevado precio dentro de la gama Subaru, que limitó considerablemente su público. Con una estrategia comercial diferente, podría haber conseguido muchos más seguidores.
El Mitsubishi 3000GT incorporó una cantidad de tecnología extraordinaria para su época, con tracción integral, dirección a las cuatro ruedas, aerodinámica activa y potentes motores turboalimentados. Era capaz de ofrecer prestaciones serias sin renunciar al confort para viajar largas distancias. Sin embargo, precisamente esa complejidad y su elevado peso terminaron jugando en su contra. Tenía argumentos para enfrentarse a deportivos mucho más prestigiosos, pero nunca recibió el reconocimiento que merecía.
El Toyota MR2 demostró que un deportivo de motor central podía ser asequible, fiable y tremendamente divertido. Sus dimensiones compactas y su comportamiento ágil permitían disfrutar de la conducción sin necesidad de recurrir a enormes cifras de potencia. Las generaciones posteriores aumentaron su sofisticación, pero mantuvieron la esencia centrada en el conductor. Aunque nunca alcanzó la fama mundial del Supra, su ingeniería merece un lugar destacado en la historia de los deportivos japoneses.
El Mazda RX-7 ofrecía una combinación prácticamente imposible de encontrar en sus rivales: un motor rotativo ligero y un chasis concebido alrededor de la conducción deportiva. Su reducido peso y excelente equilibrio lo convirtieron en un coche especialmente gratificante, mientras que las versiones turbo elevaron considerablemente sus prestaciones. El mantenimiento particular del motor rotativo limitó su atractivo entre los compradores convencionales, pero también contribuyó a convertir al RX-7 en uno de los deportivos japoneses más singulares de todos los tiempos.
El Honda Prelude ocupó durante años un territorio intermedio entre el coupé práctico y el auténtico deportivo. Sus generaciones más avanzadas incorporaron sofisticados sistemas de suspensión, motores de cuatro cilindros capaces y un comportamiento sorprendentemente preciso. Su tracción delantera hizo que recibiera menos atención que algunos rivales de propulsión trasera, pero eso no impidió que ofreciera una experiencia de conducción muy convincente. Su equilibrio entre tecnología, prestaciones y utilización diaria merecía mucho más reconocimiento.
El Nissan 300ZX combinó una estética espectacular, un potente V6 y una enorme carga tecnológica para enfrentarse a deportivos considerablemente más caros. Las versiones biturbo destacaban especialmente por sus prestaciones, mientras que el confort permitía utilizarlo también como gran turismo. Su precio y la complejidad mecánica dificultaron que alcanzara grandes volúmenes de ventas. Aun así, fue uno de los deportivos japoneses más completos de su generación.
El Fiat X1/9 llevó el motor central y el diseño italiano a un deportivo relativamente accesible. Sus reducidas dimensiones favorecían un comportamiento ágil en carreteras de curvas, mientras que el techo desmontable aportaba una experiencia descapotable sin renunciar a su carácter deportivo. Los problemas de fiabilidad y una red de asistencia menos sólida perjudicaron su reputación. Con una mayor calidad a largo plazo, podría haberse convertido en uno de los grandes clásicos asequibles de su época.
El Ford Probe GT ofreció prestaciones turboalimentadas, tracción delantera y un diseño aerodinámico para quienes buscaban un coupé deportivo asequible. Su bajo peso y comportamiento ágil lo hacían bastante más interesante de lo que sugería su logotipo de Ford. Sin embargo, nunca consiguió construir una comunidad comparable a la del Mustang, en parte porque representaba una filosofía completamente diferente. Precisamente por eso, hoy resulta especialmente interesante para quienes buscan un deportivo poco convencional y alejado de los modelos de siempre.
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