El Mazda MX-5 Miata se ha convertido en uno de los grandes referentes entre los deportivos ligeros gracias a una filosofía que evita complicaciones innecesarias. Ninguna versión de serie del modelo ha salido de fábrica con turbocompresor y el actual motor 2.0 litros atmosférico es capaz de superar las 7.000 rpm, ofreciendo una respuesta inmediata al acelerador. Su principal virtud no está en una potencia descomunal, sino en la conexión entre conductor y mecánica, donde cada movimiento del pedal se transforma directamente en revoluciones. Es un coche pensado para disfrutar del ritmo y del paso por curva, aunque para adelantar con contundencia en autopista haya que recurrir al cambio de marchas.
En una gama 911 cada vez más dominada por motores turboalimentados, el Porsche 911 GT3 continúa defendiendo una configuración prácticamente de competición. Su motor bóxer atmosférico de 4,0 litros puede girar hasta aproximadamente 9.000 rpm, una cifra que explica buena parte de la personalidad de este deportivo. Su respuesta se vuelve especialmente espectacular cuando el cuentarrevoluciones supera las 6.000 rpm, precisamente donde el motor empieza a mostrar todo su carácter. La ausencia de turbo implica menos par a bajas vueltas que un 911 Turbo, pero para los entusiastas el premio está en una entrega de potencia progresiva y un sonido que difícilmente podrá sobrevivir a las futuras normativas.
El Chevrolet Corvette lleva décadas asociado a grandes motores V8 atmosféricos y el C8 Stingray mantuvo esa tradición incluso después de trasladar el motor a una posición central. Su V8 atmosférico de 6,2 litros entrega una contundente combinación de potencia y par sin recurrir a turbocompresores, intercoolers ni complejos sistemas de sobrealimentación. La variante Z06 lleva esta filosofía todavía más lejos con un V8 atmosférico de 5,5 litros y cigüeñal plano capaz de superar las 8.000 rpm, ofreciendo un carácter mucho más cercano al de un superdeportivo europeo. Con la llegada de las versiones híbridas y sobrealimentadas, los Corvette V8 atmosféricos podrían convertirse en piezas especialmente apreciadas por los coleccionistas.
Pocos motores de cuatro cilindros de producción han alcanzado la fama del F20C utilizado por el Honda S2000. Gracias a la tecnología VTEC, este 2,0 litros atmosférico alcanzaba un régimen máximo cercano a las 9.000 rpm, obligando al conductor a explorar la zona alta del cuentarrevoluciones para extraer todo su potencial. Las unidades posteriores con motor 2,2 litros ofrecieron más par en la zona media a cambio de perder parte de ese espectacular régimen de giro. La producción terminó en 2009 y, desde entonces, los ejemplares originales en buen estado han ganado atractivo entre los coleccionistas precisamente porque representan una fórmula mecánica que resulta cada vez más difícil de repetir.
Cuando otros fabricantes buscaban prestaciones mediante turbocompresores, Dodge apostó por una solución mucho más directa: un enorme V10 atmosférico. El motor del Viper comenzó con 8,0 litros y llegó posteriormente hasta los 8,4 litros, entregando una cantidad de par enorme desde bajas revoluciones. El deportivo estadounidense combinaba ese propulsor con una configuración especialmente analógica, sobre todo en sus primeras generaciones, con poca electrónica y una experiencia de conducción exigente. La producción terminó definitivamente en 2017 y, sin un sucesor directo, el Viper quedó como uno de los últimos grandes deportivos estadounidenses de producción equipados con un motor V10 atmosférico.
El Lexus LFA es uno de los ejemplos más extremos de lo que puede conseguir un fabricante cuando no existen demasiadas restricciones de costes. Solo se produjeron 500 unidades, todas equipadas con un V10 atmosférico de 4,8 litros desarrollado junto a Yamaha y capaz de girar hasta aproximadamente 9.000 rpm. La respuesta del propulsor era tan rápida que Lexus optó por utilizar un cuentarrevoluciones digital para poder seguir el ritmo del motor. Además, los especialistas acústicos de Yamaha trabajaron en la admisión y el escape para crear una de las bandas sonoras más reconocibles de la industria. Hoy, su exclusividad y, sobre todo, su motor han convertido al LFA en uno de los Lexus más codiciados de la historia.
El Ford Mustang demuestra que todavía existe espacio para los grandes motores atmosféricos en un deportivo relativamente accesible. Aunque la gama también incorpora una mecánica turboalimentada de cuatro cilindros, el Mustang GT conserva un V8 Coyote atmosférico de 5,0 litros, con doble árbol de levas y capacidad para superar las 7.000 rpm. Su combinación de sonido, respuesta y potencia continúa siendo uno de los principales argumentos para elegir el GT frente a otras versiones. Además, la posibilidad de asociarlo a una transmisión manual lo convierte en una propuesta cada vez más especial dentro de un mercado en el que los cambios manuales prácticamente han desaparecido de muchos deportivos.
El Subaru BRZ representa una filosofía muy diferente a la de los deportivos que buscan cifras de potencia descomunales. Su configuración combina motor bóxer atmosférico, tracción trasera y un peso inferior a los 1.360 kilos aproximadamente, creando un conjunto centrado en la agilidad. La segunda generación incorporó un propulsor de 2,4 litros que solucionó buena parte de las críticas dirigidas al anterior 2,0 litros por su falta de respuesta en la zona media. El motor está colocado muy bajo, contribuyendo a un centro de gravedad reducido y permitiendo aprovechar buena parte de sus prestaciones en carretera sin necesidad de alcanzar velocidades absurdamente elevadas.
El Toyota GR86 comparte buena parte de su arquitectura con el Subaru BRZ, incluido el motor bóxer atmosférico de 2,4 litros, pero añade una puesta a punto específica de Toyota para suspensión y dirección. La marca japonesa decidió mantener el propulsor sin turbocompresor para preservar una respuesta inmediata del acelerador y mantener bajo control el peso del conjunto. Con cambio manual de seis velocidades disponible y unos costes de utilización mucho más cercanos a los de un turismo convencional que a los de un deportivo de altas prestaciones, el GR86 se ha convertido en una de las formas más asequibles de disfrutar de un coche de tracción trasera y motor atmosférico. Para muchos aficionados, precisamente esa sencillez es su mayor virtud.
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