El sector de los vehículos eléctricos vive un momento de inflexión. Tras varios años de expansión agresiva, marcas como Tesla registraron una segunda caída anual consecutiva en entregas durante 2025, reflejando una desaceleración que pocos anticipaban.
Uno de los mayores desafíos es el desajuste entre producción y demanda real. Los fabricantes invirtieron miles de millones en fábricas, baterías y plataformas eléctricas pensando en una adopción masiva mucho más rápida.
El nuevo contexto obligó a gigantes del sector a reaccionar. Ford pausó producción de la F-150 Lightning, mientras otros grupos como Volkswagen retrasaron o ajustaron lanzamientos eléctricos previstos inicialmente para esta década.
La reducción o eliminación de incentivos fiscales, incluidos créditos de hasta 7.500 dólares en algunos mercados, encareció la compra de coches eléctricos y redujo parte del atractivo económico que impulsaba ventas.
La desaceleración obligó a importantes ajustes financieros. Algunas marcas registraron cargos multimillonarios vinculados a inversiones en baterías, plataformas y líneas de producción diseñadas para una demanda superior.
Incluso fabricantes que mantienen ventas sólidas afrontan rentabilidad limitada. Rebajas de precios, promociones agresivas y elevados costes de desarrollo tecnológico continúan presionando los márgenes del negocio eléctrico.
Los modelos eléctricos de lujo son los más afectados. Precios superiores a 70.000 dólares, autonomía variable y dudas sobre valor residual están provocando acumulación de stock en concesionarios.
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