El primer Buick Grand National apareció en 1982 con una producción de poco más de 200 unidades, lo que lo convierte en uno de los modelos más difíciles de encontrar. Su combinación de tonos grises, muy distinta del icónico negro posterior, marcó el inicio de una saga que cambiaría para siempre la historia de los muscle cars turboalimentados.
Tras un breve paréntesis, Buick recuperó el Grand National en 1984 incorporando un motor V6 turbo de 3.8 litros con inyección electrónica, una evolución que mejoró notablemente el rendimiento y la fiabilidad. Este modelo sentó las bases del éxito que alcanzaría la gama en los años siguientes.
Aunque suele pasar desapercibido frente al Grand National, el Buick T-Type de 1986 compartía prácticamente toda su mecánica con el modelo estrella. Su imagen más discreta y una cotización inferior lo han convertido en una alternativa muy atractiva para los coleccionistas que buscan prestaciones sin pagar cifras desorbitadas.
Con solo 547 unidades fabricadas, el Buick GNX representa el máximo exponente de la saga. Desarrollado junto a ASC/McLaren, incorporó mejoras específicas en el turbocompresor y la gestión del motor que le permitieron superar en aceleración a deportivos europeos y estadounidenses mucho más caros.
La enorme cotización del GNX no responde únicamente a su escasa producción. Su capacidad para humillar a Ferrari y Corvette de su época, unida a su exclusividad y a la creciente demanda entre los coleccionistas, ha convertido a las unidades mejor conservadas en algunas de las inversiones más codiciadas del mercado de vehículos clásicos.
Entre los aficionados a Buick, el paquete WE4 es uno de los elementos más buscados. Disponible en determinadas unidades de 1987, ofrecía mejoras que acercaban su rendimiento al del GNX. Su escasa documentación oficial hace que autentificar un WE4 original sea todo un reto para los especialistas.
La incorporación del intercooler en 1986 permitió al legendario V6 turboalimentado de 3.8 litros ofrecer un rendimiento muy superior al reducir la temperatura del aire de admisión. Esta evolución convirtió al Grand National en uno de los coches americanos más rápidos de su generación y consolidó su fama entre los preparadores.
El acabado completamente negro del Grand National se convirtió en una de sus señas de identidad más reconocibles. La ausencia casi total de cromados y su aspecto agresivo transmitían una imagen amenazante que todavía hoy sigue siendo uno de los rasgos más admirados por coleccionistas y amantes de los muscle cars.
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