Antes de llegar a la Casa Blanca, Dwight D. Eisenhower estuvo estrechamente vinculado al mundo militar y llegó a conducir un Willys Jeep durante su etapa como general. Sin embargo, su automóvil personal más llamativo fue un Cadillac Series 75 Limousine de 1952, construido especialmente por Derham Body Company durante su campaña presidencial. La enorme berlina ofrecía un interior en blanco y negro con aspecto de esmoquin, doble sistema de aire acondicionado y un curioso dispensador de agua refrigerada integrado en la guantera. En una época en la que un Cadillac de estas características representaba el máximo lujo estadounidense, la limusina personal de Eisenhower tenía todos los ingredientes para convertirse en un coche presidencial de película.
El coche más sorprendente de Ronald Reagan probablemente sea un Subaru BRAT, una pequeña pick-up japonesa que encajaba perfectamente con su imagen de hombre de campo y rancho. Reagan recibió una unidad para realizar pruebas de larga duración en su rancho, dentro de un programa relacionado con Subaru of America y su matriz Fuji Heavy Industries. El contraste resulta especialmente llamativo: mientras el presidente proyectaba una imagen de vaquero estadounidense, su vehículo de pruebas era un pequeño modelo fabricado en Japón. Hoy, aquel BRAT forma parte de la colección vinculada a su rancho y se ha convertido en una pieza muy curiosa para los aficionados a los coches clásicos.
El Rolls-Royce 40/50HP Silver Ghost representa el extremo opuesto al pequeño Subaru BRAT. Tras abandonar la presidencia, Woodrow Wilson recibió un ejemplar de este legendario modelo como regalo de un grupo de simpatizantes. Lo más interesante es que se trataba de una unidad fabricada en Estados Unidos en la planta de Rolls-Royce de Springfield, aunque conservaba configuración de volante a la derecha y una caja de cambios de cuatro velocidades. El Silver Ghost ya era considerado en aquella época uno de los automóviles más refinados del mundo. Wilson apenas pudo disfrutarlo debido a su delicado estado de salud y falleció en 1924, poco después de recibirlo.
Si existe un coche que encaja con la personalidad de Lyndon B. Johnson, es el Lincoln Continental Convertible de 1964. El expresidente utilizaba este enorme descapotable en su rancho de Texas, donde podía disfrutar de su estilo clásico y de sus proporciones monumentales lejos de Washington. Actualmente, el Continental de aquella época es uno de los modelos más reconocibles y coleccionables de Lincoln, con una estética de líneas rectas que se ha convertido en un icono de la automoción estadounidense de los años sesenta. El Continental de LBJ representa una época en la que un automóvil de lujo también podía tener una presencia casi presidencial por sí mismo.
John F. Kennedy tenía una relación especial con los Ford Thunderbird, hasta el punto de poseer dos unidades antes de su asesinato en 1963. Entre ellas estaba un Thunderbird descapotable de 1961, que llegó a utilizarse como coche de seguridad en las 500 Millas de Indianápolis, además de un Thunderbird Hardtop de 1963. Estos modelos representaban la transformación del Thunderbird hacia un gran automóvil personal de lujo, con equipamiento como aire acondicionado, cierre de puertas asistido y una columna de dirección abatible. Aunque Kennedy utilizaba la limusina presidencial durante su mandato, los Thunderbird reflejaban mucho mejor su gusto personal por los automóviles estadounidenses elegantes y deportivos.
El Triumph TR4 es posiblemente uno de los coches más inesperados relacionados con un presidente estadounidense. George W. Bush disfrutó de este pequeño deportivo británico durante su juventud y, según la información disponible, habría recibido el automóvil como regalo de su padre, George H. W. Bush. El TR4 ofrecía una fórmula muy diferente a los grandes coches estadounidenses de la época: carrocería ligera, conducción descapotable y un comportamiento ágil, características que ayudaron a los deportivos británicos a conquistar a numerosos conductores estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial. Para un futuro presidente asociado con Texas y una imagen de vaquero, el pequeño Triumph aporta un interesante contraste.
Antes de llegar a la Casa Blanca, Bill Clinton tuvo como coche favorito un Ford Mustang Convertible de 1967, pintado en un llamativo tono azul claro. Era una versión básica con motor de seis cilindros que había comprado a su hermano durante la década de los setenta, pero Clinton llegó a considerarlo uno de sus bienes más preciados. Una vez presidente, lamentó en varias ocasiones haber perdido la libertad de conducir por las restricciones de seguridad. En 1996 pudo volver a ponerse al volante durante una visita al Charlotte Motor Speedway. El Mustang de Clinton representa el lado más cercano y cotidiano de un presidente que no quería renunciar a su pasión por conducir.
Pocos coches presidenciales pueden competir con el Chevrolet Corvette roadster de 1967 de Joe Biden. El automóvil cuenta con un V8 327 y una caja de cambios manual de cuatro velocidades, pero lo más especial es que Biden ha sido su propietario original desde que lo recibió como regalo de boda de su padre, que dirigía un concesionario. Biden ha conservado el Corvette durante décadas y ha hablado públicamente de su pasión por los automóviles y la velocidad. Durante la presidencia de Barack Obama no pudo conducirlo libremente, pero posteriormente tuvo la oportunidad de llevarlo por un circuito de entrenamiento del Servicio Secreto junto a Jay Leno. Un Corvette descapotable de 1967 con V8 y cambio manual es, por derecho propio, uno de los coches más carismáticos jamás asociados a un presidente estadounidense.
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