Mediodía en Insurgentes Sur, con el sol cayendo a plomo y el asfalto devolviendo calor. Momento poco romántico para arrancar un viaje largo, aunque también el más honesto: así maneja la mayoría de la gente. Bajo esa luz cruda salió el Infiniti QX65 2027 rumbo a Tepoztlán, y ahí empezaron a aparecer los detalles.

Sentarse aquí se parece poco a subirse a un auto. Cede lo justo el asiento y después sostiene, con un respaldo que abraza los costados de la espalda sin apretar. Quince minutos bastan para entender que el cuerpo va a llegar entero al final del día.
Fresca se siente esa piel bajo los dedos, pese al calor de la calle, porque la ventilación de los asientos empieza a trabajar antes de salir del estacionamiento. Está tratada con semianilina, un acabado que conserva la suavidad natural del cuero, así que nada recuerda esa rigidez plástica de tantos interiores premium.
Hasta el costado del asiento, donde el brazo se apoya sin querer, imita semejante textura.
Con sol alto entrando por el techo panorámico, aparecen las costuras. Forman un patrón que imita los pliegues de un kimono, y cada relieve proyecta su propia sombra diminuta. Es el tipo de detalle que se descubre despacio, nunca en la primera mirada.
También participa el olfato. Madera de fresno en el tablero, veta fina, sin barniz encima que la aísle del tacto. Huele a piel nueva y a nada más, porque el purificador de aire trabaja desde el arranque.
Aparece de inmediato otro detalle pequeño y agradecido: se desliza la visera para extenderse y cubre el hueco por donde el sol de mediodía suele colarse. Manejar sin entrecerrar los ojos cambia el humor de cualquiera.

Cambia el ánimo del viaje en la autopista México-Cuernavaca. Aparece La Pera con curvas cerradas, pendiente que empuja y un asfalto que castiga cualquier suspensión mal resuelta.
Poco se mueve el cuerpo. Ese es el hallazgo. Existe cierta inclinación lateral, aunque llega despacio y avisada, de modo que el conductor sabe todo el tiempo dónde está parado el auto. Ninguna de esas flotaciones que dan ganas de frenar antes de tiempo.
Pisar el acelerador para rebasar un tráiler en subida produce una respuesta inmediata, casi impaciente. Llega parejo ese empuje, sin el hueco de espera que delata a los turbos perezosos, y la caja de nueve velocidades acompaña sin sacudidas.
En modo Sport gana peso el volante entre las manos y la dirección responde con menos giro. Para un tramo así, semejante diferencia contra el modo normal se siente de inmediato.

Recibió el pueblo a media tarde, con el Tepozteco encima y calles empedradas. A baja velocidad filtra bastante bien, aunque los rines de 21 pulgadas dejan pasar algún golpe seco que una llanta de perfil alto habría suavizado.
Estacionado esta camioneta atrae miradas. Se inspiró esa parrilla en un bosque de bambú bajo tormenta, y de cerca esa idea se entiende: las líneas verticales se cruzan con una irregularidad que parece natural. Mezcla la silueta proporción deportiva con elegancia contenida.
Adentro esperaba una sorpresa encantadora. Ofrece la luz ambiental cuatro ambientes ligados a las estaciones del año, con paletas tomadas de la naturaleza japonesa.
Aquel de otoño, en ámbar, ganó presencia conforme bajaba el sol sobre Morelos. Ninguna función práctica justifica algo así, y ahí radica la gracia.

De Tepoztlán hacia Atlixco, con el Popocatépetl recortado contra la luz de la tarde y kilómetros de recta por delante, tomó protagonismo el sistema Klipsch.
Dos bocinas viven dentro de la cabecera del asiento del conductor. Cuesta explicarlo hasta que ocurre: llega el sonido desde atrás de la nuca, envolvente, y arma una capa privada que el resto de la cabina apenas percibe.
Contestar una llamada deja de invadir a los demás pasajeros. Escuchar música mientras el copiloto conversa, también.
Acompaña esa idea la calidad general. Bajan limpios los graves, sin la saturación con que muchos equipos premium buscan impresionar en la primera canción.
Se sostienen nítidas las voces incluso a velocidad de crucero, cuando el ruido de rodadura suele ganar terreno.
Y ese ruido, por cierto, casi no aparece. Aísla la cabina con una eficacia que vuelve el silencio una compañía más del viaje.

Puebla no perdona. Calles estrechas, tráfico cruzado, rampas de estacionamiento donde un SUV de este tamaño puede volverse un problema serio.
Salvó cada maniobra esa cámara de 360 grados. Una de las vistas vuelve transparente el cofre y muestra el piso debajo del auto, algo que evitó al menos un encuentro doloroso entre un rin y una guarnición.
Ayudan sin estorbar esas pantallas. Miden 12.3 pulgadas, con un tamaño acertado que informa sin invadir el tablero, y se leen bien tanto con sol de frente como ya entrada la noche, porque el brillo se ajusta solo.
Proyecta el head-up display velocidad y navegación sobre el parabrisas, de manera que la vista permanece en la calle.

Salir de Puebla al mediodía siguiente permitió algo que un viaje de ida y vuelta en la misma jornada nunca concede: repetir la ruta ya sin novedad, con el cuerpo acostumbrado.
Cambia bastante la percepción. Aquello que el primer día se sentía como descubrimiento pasó a sentirse como costumbre, que es la prueba verdadera de un auto. Nada estorbó. Ningún ajuste hubo que corregir, ninguna postura que reacomodar, ningún control que buscar con la mirada.
Sostuvo el ProPILOT Assist la distancia y el carril durante los tramos rectos de la carretera Puebla-Tepoztlan, con el tráfico de regreso apretándose conforme se acercaba la capital. Fatiga menos manejar así, y tras dos días de camino esa diferencia se nota en la nuca.
Subiendo hacia a La Pera de nuevo, pero ahora en sentido inverso, con pendiente sostenida y altitud ganando terreno, el motor pequeño trabajó más de lo que trabajaría un seis cilindros. Se escucha esa exigencia, aunque el ritmo nunca se cae. Llegó parejo el auto hasta pasar Tres Marías sin pedir clemencia.

Toca ser honesto con lo que cuesta tanta belleza. Roba altura ese techo descendente a los pasajeros traseros, de modo que un adulto alto viajará rozando el toldo. Entrega también litros la cajuela frente a un SUV de techo recto.
Tampoco emociona el consumo. Marcan las cifras oficiales 7 kilómetros por litro en ciudad y 9 en carretera, y el trayecto real anduvo por ese rumbo. Para un motor de dos litros, un número discreto.
Quinientos kilómetros y dos jornadas después, bajarse sin dolor de espalda dice más que cualquier hoja de especificaciones. Ese es el veredicto verdadero de un viaje largo.
Quien elige por cifras encontrará rivales con más caballos por el mismo dinero. Quien elige por lo que siente entre las manos, en la espalda y en los oídos al cabo de dos días de camino, entenderá qué buscó Infiniti con la QX65 2027. Está la apuesta en el detalle, y en carretera larga esos detalles se cobran a favor.

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