El Buick Centurion apareció en 1956 con una estética inspirada en la aviación y soluciones que parecían propias de una película de ciencia ficción. Su techo parcialmente transparente llamaba la atención, pero todavía más lo hacía una cámara de televisión situada en la parte trasera para mejorar la visibilidad. El sistema nunca llegó a producción, pero anticipó de forma sorprendente las cámaras de visión trasera que hoy forman parte del equipamiento habitual de muchos coches.
En 1961, Ford presentó el Gyron, un prototipo de dos ruedas estabilizado mediante giroscopios que imaginaba una forma completamente diferente de desplazarse. Su estrecha carrocería y su futurista habitáculo daban prioridad a la tecnología y al control del vehículo frente a las soluciones tradicionales. Aunque nunca fue viable como automóvil convencional, el concepto anticipaba el interés por los sistemas electrónicos de estabilización y las nuevas formas de movilidad que décadas después volverían a experimentar distintos fabricantes.
El Chevrolet Corvair Monza GT de 1962 mostró hasta qué punto podía cambiar un deportivo cuando los ingenieros dejaban de seguir las proporciones tradicionales. Su motor central y su compacta carrocería fastback ofrecían una distribución de masas y una silueta sorprendentemente moderna para la época. El prototipo apostaba por reducir peso, mejorar la aerodinámica y colocar la mecánica de una forma que posteriormente se convertiría en habitual entre numerosos deportivos de altas prestaciones.
Cuando el Alfa Romeo Carabo apareció en 1968, parecía proceder de varias décadas en el futuro. Diseñado con una carrocería extremadamente afilada, perfil en cuña y puertas de apertura vertical, rompió con las líneas redondeadas que dominaban los deportivos de entonces. Su influencia sería enorme en el diseño de los superdeportivos de los años 70 y 80, cuando las formas angulares y las proporciones en cuña comenzaron a convertirse en una auténtica tendencia.
El Volvo ECC, presentado en 1992, exploró una solución que hoy resulta mucho menos extraña: combinar un motor eléctrico con una turbina de gas utilizada como extensor de autonomía. Su objetivo era reducir las limitaciones de autonomía de las baterías mientras mantenía las ventajas de la propulsión eléctrica. Además, su carrocería aerodinámica y su obsesión por la eficiencia anticipaban algunas de las prioridades que actualmente dominan el desarrollo de vehículos electrificados.
El concepto GM EV1 Impact representó uno de los primeros pasos importantes hacia el automóvil eléctrico moderno. En lugar de adaptar un coche convencional de gasolina, planteaba una carrocería altamente aerodinámica concebida específicamente alrededor de las necesidades de la propulsión eléctrica. Aquella filosofía acabaría siendo fundamental décadas después, cuando numerosos fabricantes comenzaron a desarrollar plataformas específicas para vehículos eléctricos en lugar de limitarse a convertir modelos de combustión.
El BMW E1, presentado a finales de los años 80, demostró que un coche eléctrico no tenía por qué ser enorme, extraño o puramente experimental. Su propuesta combinaba dimensiones compactas, bajo peso, eficiencia y un interior pensado para el uso urbano, exactamente algunas de las prioridades que hoy definen a muchos vehículos eléctricos destinados a la ciudad. En una época en la que la movilidad eléctrica todavía era una idea muy minoritaria, el E1 ofrecía una visión sorprendentemente realista de cómo podía ser el automóvil urbano del futuro.
Relacionadas
Precio del Mercedes SLS AMG Black Series 2014
Un superdeportivo de 622 caballos de fuerza que acelera de 0-60 mph en 3.5...