El Toyota Supra de cuarta generación, desarrollado sobre la plataforma A80, se convirtió en uno de los grandes referentes deportivos de los años 90 gracias a su motor de seis cilindros en línea biturbo. Toyota lo mantuvo como uno de sus modelos halo durante aquella década, mientras que sus componentes internos sobredimensionados permitían a los propietarios aumentar considerablemente la potencia sin necesidad de sustituir el bloque. Esa capacidad para soportar preparaciones extremas ayudó a convertirlo en un auténtico icono entre los aficionados a los coches de altas prestaciones. Toyota recuperó posteriormente el nombre Supra junto a BMW, pero aquella generación moderna tiene poco que ver con el chasis y la mecánica del A80, precisamente la combinación que muchos entusiastas siguen echando de menos.
El Acura Integra nació como un deportivo compacto relativamente accesible, pero la versión Type R de los años 90 llevó la fórmula mucho más lejos. Su motor VTEC capaz de girar a altas revoluciones, el diferencial de deslizamiento limitado y un interior aligerado estaban pensados para conductores que priorizaban el comportamiento dinámico antes que el confort. Aquella receta hizo que el Integra Type R fuese considerado uno de los coches con mejor comportamiento de su época. Acura recuperó posteriormente el nombre Integra, pero las nuevas generaciones no consiguieron reproducir completamente la combinación de bajo peso y enfoque radical que convirtió al hatchback original en uno de los grandes deseos de los aficionados.
El Mazda RX-7 FD, correspondiente a la tercera generación, utilizaba una configuración que prácticamente ningún rival podía ofrecer: un motor de dos rotores en lugar de un propulsor convencional de pistones. Esta solución contribuía a conseguir suavidad de funcionamiento y un peso reducido, mientras que Mazda desarrolló el chasis buscando un equilibrio especialmente cuidado en lugar de centrarse únicamente en aumentar la potencia. El resultado fue un deportivo que consiguió una legión de seguidores y que todavía mantiene una enorme reputación entre los aficionados. Mazda abandonó posteriormente el programa de motores rotativos debido a los problemas relacionados con emisiones y consumo de combustible, por lo que recuperar un RX-7 como el de los 90 exigiría resolver precisamente los obstáculos que llevaron a la marca a dejar atrás aquella tecnología.
Honda convirtió al Prelude en una alternativa deportiva al Accord y, durante los años 90, las generaciones cuarta y quinta ofrecieron una combinación muy particular de diseño bajo, comportamiento ágil y tecnología. Entre sus características destacaba la posibilidad de incorporar dirección a las cuatro ruedas, además de un chasis de tracción delantera capaz de ofrecer un comportamiento que podía plantar cara a algunos deportivos de propulsión trasera. Sin embargo, Honda terminó abandonando el concepto de coupé deportivo cuando la creciente demanda de SUV comenzó a transformar la estrategia de los fabricantes. Para muchos aficionados, aquel cambio dejó un vacío difícil de cubrir con la gama actual de la marca.
El Nissan 240SX se convirtió en uno de los deportivos de acceso más importantes para toda una generación de aficionados gracias a una fórmula sencilla: motor delantero, propulsión trasera, bajo peso y un precio relativamente accesible. Su comportamiento predecible al límite permitió que muchos conductores comenzaran a experimentar con la conducción deportiva y, posteriormente, con el drifting. Precisamente esa configuración hizo del 240SX una base muy popular entre los pilotos de competiciones y proyectos de aficionados. Nissan terminó orientando su gama de coupés compactos hacia plataformas de tracción delantera, y desde entonces no ha ofrecido un sucesor directo que reproduzca aquella combinación de precio, sencillez y propulsión trasera.
El Mitsubishi 3000GT VR-4 representaba una filosofía muy diferente a la del deportivo sencillo. Mitsubishi lo cargó de tecnología poco habitual para su precio, incluyendo tracción integral, dirección a las cuatro ruedas y aerodinámica activa capaz de modificar su funcionamiento a velocidad elevada. Todo ello convirtió al 3000GT en uno de los coupés japoneses mecánicamente más complejos de los años 90 y en un auténtico escaparate tecnológico para la marca. Con el paso de los años, Mitsubishi abandonó los grandes deportivos y concentró su gama en otros segmentos, por lo que actualmente no existe dentro de su catálogo un modelo que combine de la misma manera tecnología, prestaciones y confort de gran turismo.
El Toyota MR2 llevó una solución que normalmente estaba reservada a coches mucho más exclusivos a un segmento de precio mucho más accesible: el motor situado detrás del conductor. Esta configuración de motor central proporcionaba unas características de equilibrio muy particulares y convirtió al MR2 en uno de los deportivos con mejor relación entre diversión y precio de su época. La versión SW20 turboalimentada añadió todavía más prestaciones a una base que ya destacaba por su arquitectura poco convencional. Toyota dejó de fabricar el MR2 en la década siguiente y nunca volvió a ofrecer un modelo con una combinación comparable de precio asequible y configuración de motor central, dejando una fórmula que muchos aficionados todavía querrían volver a ver.
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