El Chevrolet Corvair fue uno de los ejemplos más conocidos de berlina estadounidense con motor trasero. Utilizaba un seis cilindros bóxer refrigerado por aire situado detrás de las ruedas traseras, una configuración que permitía liberar espacio en la parte delantera y mantener una arquitectura relativamente compacta. La solución también obligaba a prestar especial atención a la refrigeración y al comportamiento dinámico del vehículo.
El Tatra 603 llevó esta filosofía a una escala mucho mayor. La elegante berlina checa escondía detrás del habitáculo un motor V8 refrigerado por aire, una característica poco habitual incluso entre los automóviles con propulsor trasero. La disposición permitía mantener una silueta aerodinámica y concentrar el conjunto mecánico en la parte posterior, aunque también exigía soluciones específicas para controlar el peso y la temperatura.
El Renault Dauphine recurrió a una configuración especialmente popular entre los pequeños coches europeos de mediados del siglo XX. Su motor de cuatro cilindros estaba situado detrás del eje trasero, mientras que la parte delantera quedaba disponible para otros elementos y espacio de equipaje. La arquitectura ayudaba a mantener unas dimensiones exteriores contenidas y formaba parte de la filosofía de diseño del modelo.
El Simca 1000 escondía un motor de cuatro cilindros montado en la parte trasera, integrado dentro de una carrocería cuadrada y relativamente espaciosa para su tamaño. Esta solución permitió a Simca crear una berlina compacta con una distribución interior eficiente, aunque el reparto de masas propio de los vehículos con motor trasero también requería una puesta a punto específica del chasis.
El Hillman Imp destacó por utilizar un motor ligero de aluminio colocado en la zona trasera. El pequeño propulsor contribuía a mantener bajo el peso del conjunto y permitía aprovechar las ventajas de una configuración trasera en un automóvil compacto. Su planteamiento mecánico lo convirtió en una de las alternativas británicas más interesantes dentro de esta fórmula.
El Volkswagen Type 3 llevó la configuración trasera a una solución especialmente práctica. Su motor bóxer de cuatro cilindros refrigerado por aire estaba colocado en la parte posterior, pero su diseño de perfil bajo permitía mantener espacio para el equipaje incluso por encima del conjunto mecánico. La arquitectura también dejaba un compartimento delantero adicional, proporcionando una capacidad de carga considerable para las dimensiones del vehículo.
La Škoda 100 mantuvo una fórmula que había caracterizado a varios modelos de la marca checa. Su motor estaba situado bajo la cubierta trasera, justo detrás del habitáculo, mientras que la parte delantera quedaba libre de un propulsor convencional. Esta distribución permitió desarrollar una berlina familiar compacta con una arquitectura mecánica muy diferente de la mayoría de sus rivales europeos.
El Fiat 850 demuestra que la configuración de motor trasero también podía utilizarse en una pequeña berlina familiar destinada al uso cotidiano. Su motor de cuatro cilindros estaba colocado en la parte posterior, una solución que contribuía a mantener unas dimensiones compactas y una distribución interior eficiente. Junto a modelos como el Dauphine, el Simca 1000 o la Škoda 100, representa una época en la que llevar el motor detrás del habitáculo era una alternativa perfectamente viable para un coche familiar.
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