Lancia convirtió al Delta HF Integrale en un auténtico arma de competición para poder participar en los rallyes del Grupo A, y el resultado fue uno de los coches más exitosos de la historia del WRC. El equipo oficial consiguió seis títulos consecutivos de constructores entre 1987 y 1992, mientras que la versión de calle mantenía el motor 2.0 turbo de cuatro cilindros y la tracción integral permanente. Más adelante, la versión Evoluzione adoptó unos pasos de rueda más anchos inspirados directamente en el coche de competición. Lo que parecía un compacto convencional terminó convirtiéndose en uno de los deportivos de rally más deseados por los coleccionistas.
Ford tomó el Sierra convencional y lo transformó para cumplir con las exigencias de homologación de los turismos de competición del Grupo A. Bajo el capó apareció un motor Cosworth turboalimentado y en la parte trasera se instaló el enorme alerón que acabaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad. En el caso del RS500, la evolución fue todavía más radical y permitió aumentar las prestaciones del modelo destinado a los circuitos. El alerón no era un simple elemento decorativo: generaba carga aerodinámica real y demostraba hasta qué punto el coche de calle había nacido pensando en las carreras.
Toyota desarrolló el Celica GT-Four con motor turbo y tracción integral para homologar su arma del Grupo A para los rallyes. La versión de carretera compartía la arquitectura del propulsor 3S-GTE turboalimentado y el sistema de transmisión con el coche de competición, mientras los modelos de competición lograban resultados importantes en pruebas tan diferentes como Montecarlo o el Safari Rally. El programa deportivo llegó a protagonizar una polémica cuando Toyota fue sancionada por un sistema ilegal relacionado con el restrictor del turbo. Aun así, el GT-Four conservó durante décadas el prestigio adquirido gracias a su estrecha relación con los rallyes.
Subaru creó el Impreza 22B STI como homenaje a tres títulos consecutivos de constructores en el Mundial de Rallyes. La carrocería de dos puertas recibió unos pasos de rueda ensanchados inspirados en el coche oficial y bajo el capó apareció un motor bóxer turbo de 2,2 litros. Se fabricaron apenas unos cientos de unidades y la mayoría permaneció en Japón, convirtiéndolo en uno de los Impreza más raros y buscados. Su combinación de carrocería ancha, tracción integral, motor turbo y producción limitada hizo que pasara rápidamente de ser una edición especial a convertirse en una pieza de colección.
Mitsubishi transformó el Lancer en un sedán turboalimentado con tracción integral para poder competir en el Grupo A. Aquella necesidad de homologación dio origen a una saga que terminó conquistando cuatro títulos consecutivos de pilotos del WRC durante la segunda mitad de los años 90. El motor 4G63 turbo se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la historia del modelo y acompañó a buena parte de sus generaciones. Lo que comenzó como una herramienta necesaria para las carreras terminó convirtiéndose en uno de los sedanes deportivos más famosos del mundo, incluso cuando Mitsubishi redujo progresivamente su presencia oficial en los rallyes.
Audi llevó la tracción integral permanente a un nivel completamente nuevo con el Quattro, un coupé turboalimentado creado también para demostrar en competición las ventajas de esta tecnología. El coche de calle utilizaba un motor turbo de cinco cilindros y mantenía la arquitectura de transmisión que convirtió al modelo de competición en una referencia sobre superficies de baja adherencia. Audi conquistó los títulos de constructores del Mundial en 1982 y 1984, y sus rivales comenzaron rápidamente a desarrollar sus propias soluciones de tracción integral. El éxito fue tan importante que el nombre Quattro terminó convirtiéndose en una denominación histórica dentro de la gama Audi.
El Lancia Stratos fue diferente al resto porque no nació como una versión deportiva de un modelo convencional. Lancia lo diseñó desde cero con la competición como objetivo, combinando una espectacular carrocería en forma de cuña diseñada por Bertone con un motor V6 derivado de Ferrari colocado en posición central. Para cumplir las reglas de homologación del Grupo 4 se fabricaron aproximadamente 500 unidades de calle. El resultado fue inmediato: el Stratos consiguió tres títulos consecutivos del Mundial de Rallyes a mediados de los años 70. Su arquitectura radical hizo que incluso la versión matriculable pareciera un coche de competición adaptado para circular por carretera.
Ford desarrolló el RS200 desde cero para cumplir las exigencias de homologación del Grupo B, construyendo un deportivo de motor central, tracción integral y propulsor turboalimentado. La normativa exigía aproximadamente 200 unidades de calle para poder competir, por lo que Ford terminó poniendo en circulación un coche mucho más exótico que cualquier otro modelo de producción de la marca en aquel momento. Su carrera deportiva fue corta porque el Grupo B terminó siendo prohibido después de una serie de accidentes mortales relacionados con la extrema velocidad de los coches. El resultado fue una producción muy limitada de unidades de calle extraordinariamente raras, convertidas hoy en auténticas piezas de colección.
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