El Dodge Viper RT/10 llegó en 1992 con una filosofía brutalmente sencilla: un enorme motor V10 de 400 caballos y ninguna ayuda electrónica para controlar semejante potencia. Sin ABS, control de tracción ni control de estabilidad, el deportivo estadounidense exigía reflejos rápidos y manos expertas. Su comportamiento salvaje convirtió al Viper en una de las máquinas más intimidantes de su generación.
El Ferrari 250 GTO no solo es uno de los coches más valiosos de la historia, sino también uno de los más avanzados de su época. En 1962 era capaz de superar los 280 km/h, una cifra extraordinaria para aquellos años. Con apenas 36 unidades fabricadas, combinó prestaciones de competición con una estética que todavía hoy es considerada una de las más bellas jamás creadas.
El Ford RS200 Evolution representa la locura que caracterizó al mítico Grupo B de rally. Su motor turboalimentado desarrollaba alrededor de 600 caballos de potencia en una carrocería compacta diseñada para competir sobre tierra, nieve y asfalto. Su rendimiento extremo fue uno de los ejemplos más claros de por qué aquella espectacular categoría terminó siendo cancelada.
Cuando debutó en 1992, el Jaguar XJ220 parecía llegado del futuro. Con 542 caballos y una velocidad máxima superior a los 340 km/h, se convirtió en uno de los coches más rápidos del planeta. Su impresionante rendimiento obligaba a los conductores a mantener la máxima concentración, especialmente teniendo en cuenta las prestaciones que ofrecía para la tecnología disponible en aquella época.
El Lamborghini Countach revolucionó la industria con sus puertas de apertura vertical, su diseño futurista y un motor V12 capaz de ofrecer prestaciones extraordinarias para los años setenta. No era un coche pensado para la comodidad ni para facilitar la conducción. Su comportamiento exigente y su enorme personalidad lo transformaron en uno de los deportivos más legendarios de todos los tiempos.
Considerado por muchos como el primer superdeportivo moderno, el Lamborghini Miura introdujo la configuración de motor central en un vehículo de carretera de producción. Su V12 de 350 caballos ofrecía unas prestaciones extraordinarias en 1966, mientras que su diseño espectacular ayudó a establecer el estándar que seguirían numerosos fabricantes durante las décadas posteriores.
El McLaren F1 redefinió el concepto de superdeportivo durante los años noventa. Diseñado por Gordon Murray, incorporaba una posición de conducción central y un impresionante motor BMW V12 de 627 caballos. En 1998 alcanzó una velocidad máxima de 386 km/h, estableciendo un récord que permaneció vigente durante años y consolidando su estatus de leyenda absoluta.
El Porsche 930 Turbo ganó fama por su comportamiento impredecible. Su motor turboalimentado entregaba la potencia de forma repentina, especialmente en mitad de las curvas, sorprendiendo incluso a conductores experimentados. Aunque hoy sus 260 caballos puedan parecer modestos, en los años setenta eran suficientes para convertirlo en uno de los deportivos más exigentes y respetados del mercado.
El Porsche 959 apareció en 1986 incorporando tecnologías que parecían imposibles para su época. Tracción total avanzada, suspensión activa y un sofisticado sistema biturbo formaban parte de un paquete tecnológico revolucionario. Su influencia fue enorme y ayudó a definir muchas de las innovaciones que actualmente son habituales en los superdeportivos modernos.
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