Durante años, el coche nuevo asequible fue la puerta de entrada a la movilidad para millones de estadounidenses. Sin embargo, esa realidad ha cambiado drásticamente. En 2017 existían alrededor de 36 modelos nuevos por menos de 25.000 dólares, mientras que en 2026 apenas quedan cuatro o cinco opciones disponibles, una transformación que refleja el profundo cambio que atraviesa la industria automotriz.
Las cifras son contundentes. El precio medio de un vehículo nuevo en Estados Unidos ya supera los 50.000 dólares, mientras que los pocos modelos que sobreviven por debajo de los 25.000 dólares son vehículos como el Hyundai Venue, Chevrolet Trax, Kia K4, Nissan Sentra o Hyundai Elantra. Al mismo tiempo, las cuotas mensuales de financiación se han disparado hasta rondar los 700 dólares o más, dejando fuera del mercado a una gran cantidad de compradores.
La situación se agrava con el acceso al crédito. Los préstamos para automóviles son cada vez más costosos debido a los tipos de interés elevados, mientras que las recuperaciones de vehículos han vuelto a niveles cercanos a los registrados durante la Gran Recesión. Como consecuencia, alrededor de un millón de potenciales compradores han abandonado el mercado de coches nuevos durante los últimos años, incapaces de afrontar los nuevos precios.
La principal razón detrás de esta desaparición es la rentabilidad. Los fabricantes obtienen mayores beneficios vendiendo SUV y camionetas que vehículos compactos económicos. Marcas como Ford abandonaron prácticamente el segmento de los sedanes asequibles para concentrar sus inversiones en modelos de mayor margen de ganancia. A ello se suma la incorporación obligatoria de tecnologías de seguridad, pantallas multimedia y sistemas de asistencia que encarecen inevitablemente los vehículos.
Los aranceles a los vehículos importados también han tenido un papel determinante. Muchos de los coches más baratos del mercado se fabrican fuera de Estados Unidos, especialmente en México y Corea del Sur. Los impuestos adicionales han incrementado los costes de producción y reducido aún más la viabilidad de los modelos económicos, provocando que algunos fabricantes se planteen abandonar por completo este segmento.
El resultado es un mercado cada vez más exclusivo, donde los compradores con menos recursos son los más perjudicados. Sin coches nuevos asequibles y con un mercado de segunda mano todavía afectado por la escasez de unidades tras la pandemia, millones de personas deben recurrir a vehículos más antiguos, financiación más costosa y mayores riesgos mecánicos. El coche de entrada, que durante décadas representó la oportunidad de acceder a una movilidad fiable, se ha convertido en una especie en peligro de extinción.
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