El mercado de coches eléctricos está dejando algunos casos difíciles de imaginar hace apenas unos años. Uno de los más llamativos es el Fisker Ocean, un SUV eléctrico que llegó a ofrecerse en su versión Extreme por 68.999 dólares y que actualmente puede encontrarse en el mercado de ocasión por una fracción de aquella cantidad. Una unidad con apenas 17.042 millas llegó a venderse por 15.800 dólares, una caída superior al 77% respecto a su precio original.
El Ocean llegó al mercado con una propuesta tecnológica muy ambiciosa. La versión Sport utilizaba un motor eléctrico de 282 CV, mientras que las variantes superiores incorporaban dos motores, tracción integral y 564 CV, con una aceleración de 0 a 60 mph en aproximadamente 3,7 segundos. Además, las versiones de mayor capacidad podían alcanzar una autonomía anunciada de hasta 360 millas, unos 579 kilómetros.
El problema no estuvo únicamente relacionado con la depreciación habitual de los eléctricos. Fisker se declaró en bancarrota en 2024, dejando al Ocean sin el respaldo de un fabricante convencional. La desaparición de la compañía afectó al soporte de software, la disponibilidad de piezas, la red de servicio y el mantenimiento, factores especialmente importantes en un vehículo cuyo funcionamiento depende de numerosos sistemas electrónicos.
El Fisker Ocean incorporaba soluciones poco habituales para su categoría, como una pantalla central de 17,1 pulgadas, techo solar, materiales sostenibles y diferentes configuraciones para aprovechar el espacio interior. Las versiones más potentes combinaban prestaciones elevadas con una batería de 106 kWh, convirtiéndolo sobre el papel en un SUV eléctrico capaz de competir con modelos mucho más consolidados.
Precisamente ahí aparece una de las grandes lecciones de este caso. En un automóvil moderno, el valor no depende exclusivamente de la batería, la potencia o el equipamiento: la continuidad del fabricante también forma parte del producto. Aunque comunidades de propietarios y organizaciones independientes han desarrollado soluciones para mantener los Ocean en circulación, adquirir uno actualmente implica asumir más incertidumbre que con un eléctrico respaldado por una marca que continúa operando.
El caso del Fisker Ocean también sirve para entender cómo está cambiando el mercado de segunda mano de los vehículos eléctricos. La rápida evolución tecnológica puede acelerar la depreciación de modelos recientes, pero circunstancias extraordinarias como la desaparición de una marca pueden multiplicar ese efecto. Pasar de casi 69.000 a 15.800 dólares en unos tres años convierte al Ocean en uno de los ejemplos más extremos de pérdida de valor entre los SUV eléctricos recientes, aunque su bajo precio actual venga acompañado de importantes interrogantes sobre mantenimiento y soporte futuro.
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